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viernes, 2 de marzo de 2012

Arango con viejos bueyes

El escritor cubano –siempre en “lista de espera”, quizás a la manera de Samuel Beckett, sabiendo de antemano que Godot nunca llegará– Arturo Arango, luego de describir el hastío de los amaneceres isleños: “La rutina misma, su desgaste, me han permitido conocerme mejor, indagar en ese sujeto que espera algún milagro ante la pantalla iluminada. El sentimiento de decepción se ha vuelto tan sistemático como mis acciones”; ha afirmado que espera “cambios que se realicen, ante todo, en la forma como los órganos de poder político (Partido, Estado, gobierno) intervienen en la esfera pública”, obviando, por supuesto, que en Cuba partido, estado y gobierno son una misma entidad sin división visible, ni posible mientras permanezca el actual régimen.

Luego el escritor se sumerge en el turbio marasmo del más desgastante y rutinario dilema de izquierda/derecha, socialismo/capitalismo, poder/transferencia para concluir que “los cambios que necesitamos, los que ya están en marcha, me parecen insuficientes y, sobre todo, contradictorios, a veces hasta reaccionarios” con lo que pone a buen resguardo su bien mesurada disensión y apuntala que su opinión nace desde dentro y distanciada de “una nueva oposición que se considera a sí misma como democrática liberal, con visibilidad internacional y apoyo de gobiernos y otras fuentes extranjeras que se oponen al proceso político cubano”.[4], para lo que cita un texto de Julio César Guanche aparecido en la revista, Temas, sección El Catalejo, el 20 de febrero de 2012.

Así las cosas, Arango intenta rescatar “la disidencia” como un mecanismo necesario para la evolución y desarrollo de un “socialismo democrático” cuya aparición también espera. Para el escritor la disidencia es propia del sistema, pero sin definir como “dictadura” a la intolerante fórmula de gobierno establecida en Cuba por más de medio siglo. Explica Arango que: “Llegado este punto, es necesaria una breve digresión semántica. En Cuba, la conversión del término “disidente” en sinónimo de oposición contrarrevolucionaria opera también a favor de la demonización del disenso, y en contra no ya de su necesidad sino, incluso, de su legitimidad”.

Lo que de inmediato hace que la memoria se retrotraiga y comiencen a aparecer “disidentes” convertidos por el propio régimen en “opositores contrarrevolucionarios, agentes de la CIA, mercenarios al servicio del imperio”: al disentir Huber Matos escribió una carta de renuncia que le costó veinte años de cárcel; al mostrar su inconformidad Aníbal Escalante fue procesado el 26 de marzo de 1962, acusado de sectarismo y con él quedaron severamente desprestigiados muchos de los veteranos comunistas del viejo Partido Socialista Popular; hasta, para no convertir en sarta interminables la nominación, Eliécer Ávíla disintió de algunas prácticas actuales frente al supuesto presidente del supuesto parlamento cubano, Ricardo Alarcón, y como en cientos de casos anteriores, fue preterido, luego excluido, más tarde perseguido y finalmente convertido en “opositor contrarrevolucionario”.

Y es entonces cuando uno se pregunta, ¿qué tipo de disenso es el que desea rescatar Arturo Arango? ¿Acaso el disenso cómplice que durante toda su existencia la cúpula gobernante ha pedido demagógicamente en plenarias, congresos y simposios de intelectuales y artistas bajo mecenazgo permanente, para sólo tomar notas de cómo piensa cada quien y poner coto a cualquier desmán que pueda tornarse peligroso para la perpetuidad lograda a punta de intolerancia y represión?

No sé por qué me sueña a “teque” intelectualizado y tardío. Las cartas están ya sobre la mesa. No hay retorno. La gerontocracia se desgaja bajo el imperturbable azote de la muerte. No hay tiempo ya para reformas ni para reformistas. Se es lo que se ha sido. Los pensadores con pretensiones políticas no aspiran a que sus ideas triunfen para el sostenimiento del poder de otros sino para que el triunfo de sus teorías les otorgue el poder que propicia la competitividad política en un estado pluripartidista, sin prevalencias de izquierda o derecha, por mandamiento de la Constitución. Por lo que no es para preocuparse sobre quién tome o no el poder después de los cambios, porque, de alcanzarse la verdadera democracia, no “el socialismo democrático”, la tranferenciabilidad de poder se encargaría de que no se eternice una tendencia u otra, y la oposición no sea vista como un acto antipatriótico o mercenario. Y “el socialismo democrático” utopía con que sueña Arturo Arango jamás será “aquel donde los gobernantes, en lugar de mandar, obedezcan la voluntad mayoritaria de aquellos a quienes representan”, porque eso no ocurre siquiera en las más viejas y experimentadas democracias representativas del mundo.

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