Translate

lunes, 3 de junio de 2013

Derechito a la Libreta


Maduro instaura en Venezuela la cartilla de racionamientos al mejor estilo cubano. Es el titular de una información que publica hoy el diario español ABC, según otra información del diario Panorama del estado Zulia.

Ello me hizo recordar inmediatmente una vieja columna que publiqué el domingo 24 de junio de 2007 en El Nuevo Herald de Miami, y que aquí la dejo para los que no me creyeron entonces.

Derechito a la libreta
MANUEL VAZQUEZ PORTAL

El mandatario venezolano, Hugo Chávez, hace dos semanas en su programa
Aló Presidente, el cual desde que mandó cerrar Radio Caracas Televisión
tiene menos competencia, reconoció que en su país están escaseando
algunos rubros alimenticios.


Fue el día que anunció también la creación de la Comisión Central de
Planificación con el objetivo de centralizar la industria y eliminar la
autonomía de las entidades estatales.


En su show unipersonal, en el que a veces canta, recita, cuenta
chascarrillos y dice procacidades, declaró asimismo que se fundarían
doscientas empresas estatales sujetas al modo de producción socialista
para suplir la demanda de las necesidades básicas de la población.

La noticia me lanzó directamente a mi niñez y mi adolescencia. Me trajo
aquel viejo aroma de expropiaciones, estatalización de las empresas,
planes de producción a largo plazo, y racionamientos a más largo plazo,
que produjo la organización socialista en Cuba.

Era la época en que, aunque ya empezaban a escasear, todavía se podía
encontrar chorizos en las bodegas, lápices en las quincallas, zapatos en
las peleterías. Los barberos aún tenían lavanda para untar en los
cogotes de sus clientes, las tintorerías podían almidonar los cuellos de
las camisas, como era la moda entonces, y los ómnibus cruzaban con una
frecuencia de diez minutos. Se alcanzaba a almorzar en un restaurante,
viajar en un tren rápido desde el pueblito de provincia hasta La Habana
y, sin exagerar, celebrarle los quince años a una muchacha con ella
disfrazada de princesa.

Pero ese rezago burgués quedó sepultado por la eficiencia proletaria.
Pronto las empresas estatales comenzaron a fabricar millones de
tornillos, como ordenaba la junta de planificación, que morían de óxido
y olvido en los almacenes porque sus novias, las tuercas, habían sido
propuestas para dos planes quinquenales más adelante y entonces era
necesario crear cien puestos de trabajo más para contabilizar, proteger
y distribuir equitativamente el resultado del sudor de los obreros, y
así las fuerzas productivas crecieron hasta el cómodo estado de no tener
nada que hacer y dedicar su tiempo a vigilarse unos a otros para sacarse
los trapitos sucios en la asamblea del sindicato donde le otorgarían un
ventilador al obrero más destacado del año.

Las empresas agrícolas plantaron cientos de hectáreas de plátano, pero a
las empresas de transporte les faltaban camiones y combustible, y las
fábricas de chicharritas y bananina habían sido acusadas por el Che
Guevara de timbiriches y mandadas a fusilar.


Las camisas de caqui y las botas cañeras junto a una canción de la Nueva
Trova eran el uniforme y el himno con que derrotaríamos el criminal
embargo económico que nos había impuesto Estados Unidos en venganza por
la nacionalización de sus compañías explotadoras.


La leche para nuestros biznietos les llegaría a sus hogares, verdaderas
joyas de las microbrigadas que cada veinte años concluían un confortable
edificio con goteras y todo, por un colosal lacteoducto prometido por el
máximo líder, quien lo inauguraría, ya ancianito, con un breve discurso
de dieciséis horas.


La central nuclear de Juaraguá, instalada en la Perla del Sur, ese
famoso Cienfuegos por sus camarones para turistas, nos libraría del yugo
de la compra de petróleo, cada día más escaso y más caro y, sobre todo,
nos libraría de los molestos apagones que no nos permitían disfrutar el
aleccionador programa sobre la república mediatizada San Nicolás del
Peladero.


Entonces apareció la más leal de las amigas del cubano: la libreta de
abastecimientos. Bastaba de suntuosidades, desigualdades y
acaparamientos. Seis libras de arroz por boca, un pantalón por cada dos
piernas y una sola idea por cabeza. Eso sí era planificación socialista
para el desarrollo a largo plazo. Para que tengan un ejemplo claro,
objetivo, contundente: Vilma Espín murió la semana pasada a los 77 años
de edad y la libreta de abastecimientos cubana aún está vivita y coleando.

En Cuba, la comisión central de planificación que ahora rescata Chávez
del empolvado arcón de herramientas socialistas creo que se llamaba
Junta Central de Planificación, que en el enrevesado aluvión de siglas
que trajo consigo aquella tremolina respondía al eufónico nombre de
JUCEPLAN.


Nada nuevo bajo el luminoso sol del socialismo del siglo XXI. Van
derechito a la libreta. Parece ser que este tipo de gobernante es el
único animal que tropieza cien veces con la misma piedra.



 



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.