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sábado, 2 de marzo de 2013

No te hagas el contrarrevolucionario


El texto que leerán a continuación fue mi columna en El Nuevo Herald de Miami el domingo 27 de mayo de 2009. Desde entonces comprendí que Ángel Santiesteban había sido marcado para la cárcel si no se marchaba de Cuba antes. No se marchó. No simuló. No se retractó. No calló. Hoy hace tres días que Ángel Santiesteban vive el sobresalto perenne de la prisión de Valle Grande en La Habana.

Aquí aquella vieja columna:

Cuando Angel Santiesteban nació a la literatura cubana la revolución ya no existía, era una entelequia marchando hacia la nada, un grupo de ancianos aferrados a un tiempo congelado que los convierte en verdaderos contrarrevolucionarios.

Los colosos del grupo Orígenes, quienes soñaron alguna vez con el triunfo de una cultura nacional auténtica y quienes vieron -aunque con una visión teleológica- en la revolución la materialización de sus evocaciones, habían muerto o estaban en el exilio.

La llamada generación de los cincuenta, unos que habían participado de la epopeya -épica sobredimensionada por sus propias voces- y otros que se preguntaban a quiénes debían la sobrevida, se había desgajado por las suspicacias mutuas tras el caso Padilla y unos eran excesivamente revolucionarios, otros excesivamente taimados y otros excesivamente enclaustrados, pero todos poco confiables.

La renombrada Generación del Caimán también se había desarticulado luego de unas estrambóticas culpas que llevaron a Eduardo Heras León a Antillana de Acero, a Luis Rogelio Noguera a un taller de imprenta y a otros, en pago a sus hojas de servicios, a Moscú y burós dorados.

La generación hechizada -como llamó en alguna ocasión a nuestra generación el poeta Alex Pausides- había perdido el encanto primigenio. Roberto Manzano Díaz no cantaba ya a la sabana ni idealizaba a su chiva Fantina. Andrés Reynaldo y Carlos Victoria se habían largado por el Mariel. Reina María Rodríguez se había refugiado en una azotea. Angel Escobar se había suicidado. Leonardo Padura sudaba su fiebre de caballo escribiendo policíacos. Abel Prieto ya era ministro y Senel Paz sabía de memoria que el niño aquel, soñador de un reino en el jardín, podía tener la vida marcada para siempre por la fresa o el chocolate, según la clasificación en que lo engavetara un régimen homofóbico y falocrático.

Luego de ese tempestuoso tránsito por el dédalo nació a la literatura cubana Ángel Santiesteban. Venía acompañado de gente de otro tiempo. Con los ojos menos neblinosos. Con el costal vacío de tanto hueso heroico que había tornado el camino de los anteriores un calvario abrupto. Amir Valle quizás de Palinuro. Sindo Pacheco y Manuel Sosa tal vez subidos a la torre del vigía. León Estrada y Jorge Luis Arzola remando a puro brazo. Pero eso no los salvó de las furias. La porra del policía y el alarido del gris funcionario los alcanzó también. Al exilio muchos, al mutismo otros, a la apostasía los Edeles.

Arzola se vio un día con el rostro tumefacto y el cuerpo adolorido tras una golpiza que la policía política le propinó antes de que despertara en una celda en Jatibonico. Manuel Sosa y varios escritores del grupo experimental de Sancti Spirítus se vieron una noche rodeados de policías. León Estrada, fulminado por un golpe de karate, cayó a los pies de Heriberto Hernández y muy cerca de Carilda Oliver Labra otra noche en Matanzas.

Ángel Santiesteban caminaba el domingo pasado por el Vedado. Iba a casa de una amiga. Llevaba encima el último post que publicaría en su blog Los hijos que nadie quiso, alojado en el diario digital Cubaencuentro, pero los sabuesos del odio no lo dejaron llegar. Lo asaltaron en plena calle. Le dijeron que no le convenía hacerse el contrarrevolucionario. Ángel Santiesteban no es de los que se afloja y canta la palinodia. Vayan al patio de Proserpina y pregúntenle a David Buzzi, si no me creen. Los enfrentó. Y como al poeta César Vallejo, le dieron duro, con un tubo y duro. Le fracturaron un brazo y le ocasionaron heridas con una navaja. Un ortopeda con grados de capitán lo atendió en el Hospital Naval de La Habana. Desde entonces no se sabe de él.

¿Fue un quinquenio gris? ¿Fue que Tania Díaz Castro se metió en ese lío de los derechos humanos? ¿Fue que María Elena Cruz Varela encabezó una carta de diez intelectuales? Sin remedio. No hay modo de que los arcaicos revolucionarios dejen de ser contrarrevolucionarios. No evolucionan. Se petrificaron. No han cesado. De Heberto Padilla a Ángel Santiesteban la friolera de agredidos se vuelve guía telefónica. Por Dios, Ángel Santiesteban, no te hagas el contrarrevolucionario, sigue siendo revolucionario y transgresor, como corresponde a un escritor, no te contagies con los fósiles aferrados al poder.



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