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sábado, 9 de marzo de 2013

La plañidera de Miraflores

Aquel día en que a Hugo Chávez se le quebró la voz en Barinas de Sabaneta, y entre sollozos, rogó a Jesucristo le diera más vida para llevar adelante su tarea de gobernar al pueblo venezolano, se supo que el hoy fallecido presidente había comprendido los límites del poder humano. La certeza de la proximidad de la muerte rasgó su caparazón de hombre fuerte y lo mostró con todas sus flaquezas. Era un desesperado más implorando a los poderes divinos. Había comprendido, quizás, la finitud de los plazos que brinda el universo, y lo encaraba desde la unción y la plegaria. Pero no sonó falso. Su miedo era auténtico, su apelación esperanzada, su aflicción verdadera. Sólo que no supo interpretar la inexorabilidad de todos los destinos. Creyó que en el destino también era posible la reeleción y se negó a aceptar que ya él estaba marcado para morir. Optó por desafiar la condena. La vida sin poder no le interesaba. Murió por lo único para lo que había vivido.

Sin embargo, su gemebundo heredero no parece ser un elegido más que de aquel que quiso torcer la elección de su propio destino. A Nicolás Maduro no lo eligió el destino. A Nicolás Maduro no lo eligió el pueblo. A Nicolás Maduro lo eligió únicamente Hugo Chávez para prolongar su propio destino y eso no es tarea de un mortal. El destino traspasado a Nicolás Maduro tiene algo de perversidad. Parece ser el de las plañideras. Ha llorado tan copiosamente en estos días que es difícil creer en tanto dolor. Más bien resulta una torva lamentatriz que jerimiquea por dinero en el velatorio de un poderoso que un depositario del poder.

Siempre que lo he visto, trémulo y lastimero, he imaginado a un niño sometido a prueba por su padre en medio de la noche. Quiere alzarse, demostrar que el temor no lo domina, que las dudas no lo consumen, que lo desconocido no lo paraliza, pero el susto le brota por la voz y se vuelve quejumbre y se vuelve desamparo y se vuelve alarido que implora al padre no lo deje solo. Pero Nicolás Maduro está irremisiblemente solo. Hugo Chávez no está para reprenderlo o socorrerlo. Apenas unos lejanos y menesterosos parientes en una isla distante se preocupan por su suerte porque esperan de él el triunfo y las limosnas. Ha llegado la hora de demostrar su fibra, su talante y sus agallas. Un pueblo no se conduce como se maneja un ómnibus y si sigue llorando el catastrófico accidente será inevitable porque hasta ahora no se ha inventado un limpiaparabrisas para los ojos.

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