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sábado, 28 de enero de 2012

Sábado de poesia con Liesel I. Diaz





Liesel Iluminda Díaz nació un día de julio en que las estrellas andaban de pleitos pero ella estaba muy tranquila consigo misma. No hace mucho tiempo. Solo el necesario para alcanzar la sabiduría. Por eso buscó la poesía para calmar sus furores, y lo peor, o lo mejor, ¿quien sabe? fue que la halló. Hecho que ocurre raras veces. Cualquier esquina de la vida engendra poesía. pero hace falta ojos para verla, oídos para escucharla, alma para soportarla. Aquí le dejo con Liesel. Ojalá no se asusten, que la poesía es también un susto.


Piel

Los olores marean mis esquinas. Me estremecen las ganas de recorrerte la piel, y, despavorida, escapo a tanta emoción.

Tu piel, donde amanezco, tu piel que encandila la mía de poemas y verbos locos.

Ándame despacio, que no quiero escuchar los segundos morir de aburrimiento.

Desnuda mis fragancias con apuro que quiero sembrar en ti mis penas.

Tu piel, reencarnada en mis pechos, hombre que se vuelve niño a mis reclamos.

Tu piel, enamorada fiel de mi nombre, enfilando cañones a las mariposas que disputan el baile inocente de mi estomago, contemplándote, en la humedad de mis noches.

Sola, pienso que nada era mejor cuando estabas, y nada tan triste cuando partía. ¿A dónde te habrán llevado tus pasos si mi piel también te busca en las sábanas tristes de mi memoria?


De sapos y de príncipes

De niñas nos acostumbraron a las historias bonitas de príncipes que amaban hasta el delirio y defendían de dragones y brujas el amor por la chica hermosa, al final se casaban en largas ceremonias donde el vino y el esplendor se tejían de promesas de amor eterno.

Quizás esa sea la razón tan simple de que al crecer, después de la tiara de los quince años y los vestidos enormes y el corset apretado, esperáramos aquel beso de amor y el "sí quiero" con el príncipe de uno de aquellos cuentos.

No tengo nada en contra de los príncipes, pero mucho menos en contra de los "sapos".

Desde el "Génesis" y hasta nuestros días, le hemos visto pasar a los primeros por nuestras vidas, algunos presuntuosos con su capa invisible, regalando mentiras disfrazadas de poemas, a otros, los más atrevidos, invitando al baile a más de una, los menos aventurados tomando tu mano con su corazón en ella y sin otra esperanza que el abrazo final que concluya todo, y también los que aman, los sinceros, los que en franca competencia con el cuento de hadas complementan su palabra con su acción de hombre de estos y todos los tiempos. No diré si son muchos o pocos, simplemente son.

Por eso prefiero el romántico esplendor de los "sapos" que te mortifican el beso, lo buscan desesperadamente detrás del “no” inicial y lo convierten en fragancia e ilusiones. Los olvidados que se dicen victimarios y quizás lo sean, los que esperan el suspiro y no renuncian, los que te miran a los ojos no en busca de respuesta o compañía sino encontrándose a sí mismo.
Mi cuento siempre tiene un feliz final, porque sin prometer la transformación, le tienes con una sonrisa bella que te enciende, con un hombro cómodo y una mano larga para alcanzarte estrellas, comprendiendo que le cediste la costilla y fuiste a dar en su regazo como premio compartido por la espera de felicidad merecida. Por eso me gustan los sapos, que no interrumpan mi noche ni me reclamen miedos o les moleste que ayer andaba en la búsqueda inútil de mi misma teniéndome tan cerca. De sapos y príncipes podemos cambiar papeles y nosotras mismas no somos juezas sino aprendices de esta fabula donde Unicornios pastan con leones y la Caperucita se disfraza de loba feroz para asustarse ella misma.

Me gusta, una tarde de estas armo mis trampas para sapos, quiero tener uno feliz a mi lado, con una tan frágil que tenga que cuidar día a día, segundo tras segundo, de mis cambios de humor y mis fantasías, de sus encantos y mis prisas.


Olvido absoluto


Ando cerrando puertas. Quizás con el temor de convertirme en estatua de sal. El primer paso es tratar un par de veces de mirar por el resquicio que dejamos, y tratar de encontrar allí alguna esperanza que nos haga recapitular. Pero cierro la puerta y echo llaves, doble cerrojos y me armo de una sonrisa, la mejor que pueda encontrar.

Mis razones son obvias. Soy mala perdedora, y peor con la memoria. Si te digo quiero, mi capricho insensato no me deja razonar. No puedo negarme a mi misma el regalo del amor verdadero o lo más parecido a eso. Por eso colecciono palabras para envolver mis miedos y entregarme con una venda transparente en los ojos con censor a las mentiras y al dolor. ¿Y qué pides? ¿Dejar la puerta entreabierta por si acaso una noche de estas te enteras que me extrañas? Cuando eso suceda ya te habré olvidado. Hablando hipotéticamente donde dos y dos son cuatro, y no cinco, ni tres.

Ando abriendo puertas nuevas, con caminos prometedores que no hubiera encontrado con las viejas puertas espiándome con sus promesas y Pinocho en la otra esquina sacando cuentas. En el amor no se saca cuentas. Se dice todo y no se calla, se especula solamente con los días de lluvia como mejor pretexto para estar juntos y entonces cuando te das cuenta que todo es pretexto para encontrarte, del otro lado apareces tu misma, dándote las gracias por la decisión tomada. Olvido absoluto, sin mácula ni arrepentimiento, ni siquiera indiferencia, difuminado en el aire, peor que eso: nada.

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