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martes, 18 de septiembre de 2012

Godofredo Miyares -cronología de un mito-


Un cuento de Sindo Pacheco.


La verdadera historia del mito Godofredo comenzó con la carta apócrifa que Alma Inés puso en el correo para estimular a su hermana, postrada en su lecho de muerte. Fue una sabia decisión. Amelia empezó a recuperarse, como si una mágica poción hubiera obrado un milagro. En poco tiempo asumió sus quehaceres, y volvió al portal de la vetusta casona a disfrutar el té de la pequeña Rosaliz.

Esa noche, ante la deliciosa infusión, Amelia extrajo la falsa misiva del bolsillo de su bata y la leyó complaciente a sus hermanas. El desaparecido Godofredo, cansado de unir tubos y destupir cañerías en La Habana, había marchado tras los tesoros de Alaska, soñando regresar un día con suficiente patrimonio para llevarla dignamente al altar, tal como ella misma refería que le dijo al despedirse cuarenta años atrás, con lágrimas en los ojos. Ahora, desde las Montañas Rocosas de Utah, el ex coronel del ejército americano, donde se alistó en aquellas tierras, le confesaba a su “amiga inolvidable”, el impacto de aquel maravilloso amor de juventud. Con un lenguaje cuidado y una delicadeza inusual para un oficial de tan alto rango, pedía al cielo que su amada pudiera recibir ese regalo tardío en el crepúsculo de su vida.

Alma Inés no pudo dominarse al ver a su hermana sobrecogida, y a la pequeña Rosaliz enjugándose las lágrimas, y le confesó su secreto. Había sido un último recurso para sacarla de la cama.

Amelia le agradeció su honestidad, todavía conmovida, pero no se deshizo de la carta, sino que a cada rato la releía en voz alta como si una fuerza misteriosa hubiera inspirado a su hermana a grabar sobre el papel el verdadero espíritu de su ansiado Godofredo.

A partir de entonces no lo soñó más como un Santa Claus forrado en pieles, sobre vastos horizontes de hielo, sino con su traje de coronel incrustado de medallas y condecoraciones.

—Nada hay como el amor de un militar —susurraba por las habitaciones.

Alma Inés y Rosaliz le hacían contar sus sueños, que luego pasaban a la memoria familiar. Solteronas, dependientes de la Seguridad Social, formaban entre ellas un matrimonio irreprochable. Alma Inés hacía las compras, casi siempre en la bodega del gallego, y llevaba las cuentas del hogar; la limpieza, el lavado de ropa, y otros quehaceres de la higiene eran cosa de Amelia; y la pequeña Rosaliz se encargaba de la cocina, incluyendo mermeladas, flanes, jaleas y los dulces de fin de año. Tenía sesenta y cinco años, pero para sus hermanas seguía siendo la pequeña.

Habían conocido a Godofredo Miyares hacía muchos años cuando, ya huérfanas y recién instaladas en esa casona, se presentó un salidero en una de las tuberías, y el joven Godofredo, con su jolongo de extravagantes herramientas, se presentó a ejercer sus buenos oficios.

La pifia fue sellada fácilmente, pero el plomero se excedió en sus favores y estuvo una semana haciendo mejoras gratuitas en la vivienda. Al mediodía se sentaban a la mesa, y disfrutaban del incipiente arte culinario de la pequeña Rosaliz. Alma Inés, aunque trabajaba la ropa de mujer, tuvo a bien regalarle a Godofredo una camisa de guinga, con cuello y puños de gamuza, usando los retazos que iba acumulando en su corta profesión. Pero el amor no entró por la costura ni por la cocina, sino por los inquietos ojos de Amelia.

Cuando terminó su faena, Godofredo la invitó a pasear por la ciudad, y Alma Inés, la mayor, le dio el consentimiento, tratándose de un hombre hacendoso, con un oficio decente y poderosas manos para el trabajo. Pero sólo salieron tres veces. La primera, fueron a ver la tienda Fin de Siglo, con sus increíbles ofertas y toda la parafernalia que ofrecía a sus clientes en una ciudad embrujada por la reciente independencia de la Isla, y Godofredo le habló por vez primera de los increíbles tesoros que almacenaban las minas de Alaska. La segunda, entraron al Teatro Tacón, llamado entonces El Nacional, a ver una comedia musical que ya estaba casi terminando, y el embriagado plomero le tomó una mano a su muchacha y la amasó juguetón entre sus dedos; pero la tercera, en el momento en que Godofredo la besaba apasionadamente, en La Taberna San Román, allá por la Avenida del Puerto, no pudo controlar su fuego desbordante, y trató de introducir su mano en ciertas partes prohibidas de su tierna anatomía. Amelia, tan veloz como dispuesta, le sonó par de bofetadas en el rostro, que pusieron fin a tan ambicioso romance.

Sin embargo, al cabo del tiempo, ella lamentaba su carácter impulsivo y había sido capaz de perdonarlo, ¿acaso todo joven no perdía la compostura a la hora de inflamarse sus turbulentas pasiones…? Nunca relató eso a sus hermanas; sino que inventó una despedida frente al Muelle de Luz, mirando el barco de la World Line que se llevaba a Nueva York, en tránsito hacia Alaska, a lo más deseado de su vida. Y aunque las tres eran vírgenes, Amelia solía contarles a sus hermanas cómo fue que Godofredo la hizo suya, una noche fabulosa en el último piso del Hotel Miramar. Sus respiraciones se unieron, sus cuerpos se pegaron, y ella se sintió volar como extasiada gaviota sobre la costa norte, El Morro, y parte de la plataforma insular.

Por entonces la casa se llenaba de jovencitas que venían a encargar sus vestidos, sus blusas, sus atuendos y oropeles, persiguiendo las curvas de París en las revistas de modas, y con las muestras y los entalles venían los episodios de sus vidas, las avenencias y sobresaltos del amor, y el saco de la vida apenas se hacía sentir entre el traqueteo de la Singer, los enredos, tejemanejes, y el rumor de tanta historia planeando sobre los muebles de la sala, rebotando en los espejos, en los cuadros, los adornos, hasta depositarse por los rincones más ocultos y extraviados.

Sin embargo, aquella legión de clientas se fue evaporando a medida que envejecían. Las nuevas chicas consiguieron otras modistas más afines con la actualidad, y las hermanas tuvieron que capear el temporal y sobrevivir a los primeros gobiernos nacionales, a la Enmienda Platt, el Estanco del Ganado, el Diferencial Azucarero, la Conspiración del Algarrobo, el Machadato, el Usufructo Oneroso, el Intercambio Recíproco y la Prórroga de Poderes. Cuando vinieron los cuarentas, con los ecos de la guerra allá en Europa, una paz muy parecida al olvido fue envolviendo sus vidas, y empezaron a tomar el té en las noches, mirando la oscura callejuela por la que rara vez pasaba alguien, a no ser el cartero, que siempre las saludaba con un gesto solidario.

Una de las veces en que Amelia refería sus sueños con el malogrado Godofredo, Alma Inés le confesó que esa noche había soñado con él.

—¿Y qué soñaste, mi hermana? —inquirió Amelia.

Alma Inés se ruborizó, pero relató su erótica fantasía, pidiéndole perdón de nuevo por aquel impulso desleal.

Entonces Rosaliz tuvo un brote de sinceridad y aseguró “para serte sincera, mi hermana”, que ella también llevaba tiempo soñando a Godofredo.

—Tanto he oído hablar de él, que lo tengo metido en mi conciencia.

Amelia no se sintió ofendida por tales confesiones, y desde ese momento, Godofredo pasó a ser propiedad imaginaria de las tres. Desde Bombay hasta Constantinopla, pasando por el Frente Aliado en las montañas de Italia, las poseía a cada una, y luego ellas intercambiaban los detalles, con cierto regocijo malsano, pero de forma tan real que el suceso pasaba al patrimonio de las otras.

Una noche Amelia tuvo una feliz iniciativa.

—Debíamos mandarnos cartas con los sueños. Así el té serviría para revivir nuestros deseos más ocultos.

Aquello resultó un ejercicio novedoso, pero finalmente comprendieron que eso no bastaba.

—Tenemos que hacer las cartas como si fueran del propio Godofredo.

—¿Qué quieres decir, Alma Inés? —quiso saber Rosaliz.

—Eso mismo, Pequeña, escribirnos como si él nos escribiera. ¿Se imaginan cuántas cosas sería capaz de decirnos?

Así empezaron a mandarse oficios amorosos las unas a las otras. Todas remitidas por Godofredo a secas, pues les pareció pecaminoso usar el nombre completo de un cristiano, tal vez difunto a estas alturas, perdido en sabía Dios cual cementerio del mundo. Cada dos o tres días, Amelia tomaba el fajo de correspondencias y lo depositaba en el correo de la Estación de Ferrocarriles, y durante algunas semanas, sus lecturas ayudaron a mitigar la soledad de las noches, y el olvido.

—¿Es linda Constantinopla…? —solía preguntar Rosaliz.

—Una ciudad increíble, Pequeña, según me cuenta Godo —suspiraba Alma Inés, y a continuación le refería las tres páginas que una traducción pirata de la Enciclopaedia Británnica (edición de 1911) dedicaba a la antigua capital Bizantina, incluyendo la primera universidad del mundo con sus 31 profesores, pero que era una lástima que ahora se llamara Estambul y no Constantinopolis o Nueva Roma.

El negro Caniquí, que era un cartero suspicaz, encontró sospechoso el aluvión de correspondencias que un tipo sin apellidos enviaba a aquellas viudas tristes —pensaba que eran viudas—, y un día se llevó las cartas a su casa.

Las abrió con extremo cuidado y descubrió aquel enamorado intemporal que amaba a tres hermanas sin el más mínimo pudor, y fue a ver a su amigo Pantaleón, miembro del Club de Autores del municipio. Pantaleón, sumamente impresionado, leyó las cartas a sus discípulos del Comité Literario, y les puso como tarea el reto de escribir a las viudas, una carta tan hermosa como lo hacía el ubicuo Godofredo. Fue un ejercicio inusual, pero bellamente logrado. Pantaleón se las llevó a Caniquí, quien las metió en sus sobres, les puso un sello de correos que conmemoraba el cincuentenario de la industria tabacalera, y al día siguiente dejó aquella carga de 28 cartas de amor en el buzón de las atribuladas hermanas.

Godofredo lo mismo escribía junto al río Mississippi, que desde Ciudad El Cabo o sumergido en una trinchera en las cercanías de Berlín. Había sido cónsul en Venecia, diplomático en Andorra y senador en Santiago de Chile; pero en todas las misivas, invariablemente, la angustia desbordaba las páginas, se volvía corcel y espuma y luego labios y nubes y añoranza por regresar a los brazos de su amada y quedarse allí, en su “querido y último refugio”.

A las hermanas no les importó indagar cómo habían llegado las cartas a su casa y esta historia hubiera terminado así, de forma improcedente, de no ser por dos de los alumnos de Pantaleón —cuyos nombres no hace falta siquiera mencionar—, que antes de entregar sus trabajos al maestro, los mostraron a sus compañeros del Liceo de Guanabacoa, quienes tomaron la dirección de las destinatarias, y redactaron su versión de Godofredo. Uno de ellos era hijo de un laborioso reportero, y la curiosidad fue impresa en un periodicucho de la villa, donde se recomendaba que tales cartas eran remedio infalible para el mal de amores; A partir de entonces, el asunto creció con la velocidad de un maremoto. De modo que ante cualquier remordimiento o desazón, el despechado amante optó por hacerle una misiva a su novia o a las propias hermanas y, de esa manera, Godofredo pasó a convertirse en un tipo de leyenda. Tal fue así, que el candidato opositor a la alcaldía, cuyos sondeos daban por perdido, prometió que en su futuro gobierno las cartas de Godofredo no necesitarían sello postal. Fue una estrategia fulminante. Ganó las elecciones con el 75 por ciento de los votos; pero en un pueblo donde la picardía brotaba de forma natural, como las generaciones de insectos sobre los húmedos pastos, la gente empezó a mandar papeles, títulos de propiedad, expedientes, contratos, partidas de nacimiento, certificados de defunción a sus parientes y amistades, usando el mágico nombre que evitaba el gravamen.

El alcalde, como agradecimiento a sus votantes, implementó una esquina del ayuntamiento, llamado El Rincón Godofrédico, donde se depositaban las respuestas que la mujeres del pueblo quisieran enviar a Godofredo. Al final de cada mes, se abría la correspondencia y las mejores epístolas eran leídas en las tabaquerías y por la emisora radial del municipio, cuyo espacio estelar Querido amor mío, sobrepasó todos los record de audiencia. Cada diciembre, un tribunal encabezado por el doctor Pantaleón, otorgaba el premio a la mejor carta del año, un vistoso tocororo, tallado en cedro, que se entregaba la víspera de la Noche Vieja.

Por supuesto, las hermanas eran asiduas ganadoras de la selección mensual, y una de ellas, Rosaliz, resultó premiada el segundo año de su convocatoria.

Gracias a tal iniciativa, la población encontró el valor de la palabra. Aquel pueblo ofuscado que solía tragarse sus rencores, sus angustias y sus desconciertos, comenzó a expresarse de otro modo, regalándose esos brotes que manaban del cariño, al principio sobre la hoja en blanco y más tarde bajo el imperio magistral de la elocuencia. ¡Qué cosa tan maravillosa es la palabra…! Algunos estudiosos del tema, como el dramaturgo cubano Reinaldo Montero, aseguran que en la época de máximo esplendor se erigió una estatua a Godofredo, junto al Parque Central de la villa, y que la gente depositaba a sus pies no sólo sus plegarias de amores imposibles, sino también, sus aplazadas ansias de prosperidad. Refieren que acudían enfermos terminales de casi todo el país, en busca del remedio milagroso para cualquier tipo de males, y que entonces se hablaba más de Godofredo que del presidente de la República. También sostienen que se estableció la forma más expedita de conquistar una amante, pues cuando llegaba el punto cardinal, luego de una cena romántica, con candelabros dorados o de una velada inolvidable entre los cortinajes del teatro, el esperanzado galán, tomándole la mano a su tormento y mirándole a lo ojos, preguntaba apasionadamente: ¿godo?, y si ella respondía: fredo, quedaba establecida la unión; pero nada de eso ha sido comprobado, y más bien parecen ser exabruptos de la cultura popular en su ambición de ficcionar realidades. De modo que ponerlo en este texto sería restarle credibilidad al asunto y menoscabar la confianza del lector. Lo verdaderamente cierto es que tanto el hombre como sus afanes se diluyen los unos en los otros inexorablemente. Las cartas se espaciaron, el entusiasmo decreció, apagándose como el otoño, para engrosar esa otra memoria llamada tradición.

La tarde que las hermanas se alistaban para un agasajo por haber creado tan fabuloso personaje, Amelia recibió una extraña misiva. No sólo porque el remitente se apellidaba Miyares, sino porque venía con un sello del Correo Central de Santiago de Cuba. Amelia no pudo esperar el regreso de la actividad, luego de tanto tiempo sin correspondencia, para darle salida a la inquietud que había empezado a consumirla. Llamó a Inés y a Rosaliz, abrió la hoja y…

Desde una casa de beneficencia, el octogenario Godofredo Miyares le contaba que no pudo marcharse nunca por aquellos remotos destinos del oro y la riqueza como eran sus planes, pues cayó preso por excesos de la juventud, como ocurría a muchos hombres. Y cuando salió del prolongado presidió regresó a su natal Mayarí Arriba, arrepentido de haber hecho sufrir tanto a su madre, y se dedicó a cuidarla hasta el fin de sus días. Nunca se casó ni tuvo hijos, pensando en Amelia cada instante de su vida. Internado en Santiago hacía dos años, y medio parapléjico, le escribía estas cortas pero sinceras líneas porque tal vez ella pudiera recordarlo.

“Yo te amaba, Amelia —le decía—. Me encantaba tu carácter. Parecías un animalito rebelde de los que siempre me gustó domesticar. ¿Te acuerdas cuando me diste el bofetón allá por la Avenida del Puerto?”

—Qué Godofredo más ordinario —dijo Alma Inés.

—Increíble —adujo Rosaliz—. Esa carta no favorece la buena tradición.

Amelia estrujó la hoja antes de echarla a la basura.

—Es un apócrifo. Ni siquiera merece una respuesta.


Nota:
El cuadro que ilustra este cuento es una pintura de Iván Koblica que se halla en el Museo Nacional de Eslovenia y se llama La mujer parisina leyendo una carta.

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