Translate

martes, 8 de diciembre de 2009

MEMORIAS DE UNA PERIODISTA


LA TRAGEDIA DEL PRESIDIO POLÍTICO



Por Angélica Mora



Cuando era niña, por una razón que no recuerdo, alguien me llevó a conocer el interior de una cárcel.


Sería que me portaba mal y como aviso esa persona quiso demostrame el otro lado de las consecuencias de una mala conducta. No lo sé.
Luego, más adelante como universitaria visité un penal como parte de la práctica que pedía la Escuela de Periodismo para que probáramos las aguas en este aspecto de la noticia policial.
Esto se hacía en primer año, cuando nos llevaban a la Morgue y otros sitios que podíamos encontrar si llegábamos a superar la carrera.
¿A qué viene este preámbulo?
Al horror que tuve al ver por primera vez una celda y comprobar lo mucho que amaba la libertad y que me moriría si caía en una prisión.
Contemplé las celdas helada y casi sin respiración. Y juré nunca hacer nada para caer en una.
¡Cómo puede ser -me decía- que se pierda algo tan precioso como ser libre, que no se pueda sentir el viento en la cara... e ir adonde uno quiera!
Sin embargo, hay hombres y mujeres que he conocido en mi carrera que están en esas temibles celdas y han perdido la libertad por amor.
No me interpreten mal. No amor pasional, sino amor a la patria. Paradógicamente, defendiendo su derecho a ser libres.
En mi propia experiencia y puedo atestiguar que era cierto: un día hablaba con ellos por teléfono a Cuba a través de Radio Martí, y al otro día estaban presos y lo conmovedor era que sabían perfectamebnte el riesgo que corrían y que yo advertía antes de comenzar a grabar.
No doy nombres, porque no quiero dejar a ninguno sin recordar.
La mayoría forma parte del grupo de los 75 que fueron detenidos en la llamada Primavera Negra en el 2003 por órden de la maldad infinita de un régimen decadente, que desgraciadamente aún tiene completa autoridad dentro de la Isla.
De estos presos aún quedan 54 pudriéndose en las celdas infectas de las cárceles cubanas.
¡Que justicia puede haber, si se comtempla indiferente tanto dolor!
A la miseria del presidio político cubano se ha unido el de Venezuela, país tambien querido por mí, por haber vivido 10 años allí.
Me pregunto, ¿dónde están las instituciones que se suponen fueron creadas para evitar esta clase de abuso?
Están en su sitio y actúan solamente si a un miembro de la cofradía -que ha ido comprando razones y conciencias- lo mencionan como violando la ley.
Ahí sí, están pronto a moverse, luchar y asegurar que son los otros los equivocados.
Mientras tanto, el sufrimiento en las cárceles prosigue sin que el resto del mundo se inmute.
Pero, ¿por qué le va a importar?
Como está, la vida es fácil y sin complicaciones.

HOMENAJE REPENTINO


Hoy el diario español El Mundo, me trajo una gran noticia. La comparto. Luego de haber pasado siete años de su muerte, la editorial española Visor, en edición de Julia Uceda y Miguel García-Posada, ha publicado un volumen de más de 700 páginas bajo el título de Poesías completas, de José Hierro.

Hierro, quien nació en Madrid en 1922, llegó a la poesía por los caminos más difíciles. A los 17 y hasta los 22 años estuvo preso en las cárceles franquistas por el único delito de pertenecer a una asociación de ayuda a los presos políticos, entre los que se encontraba su padre. Me recordó tanto a Las Damas de Blanco de Cuba.
El poeta resultó premio Adonais en 1947, Premio Nacional de Literatura en 1953, Premio de la Crítica 1957, Premio March de Poesía 1959, Premio Príncipe de Asturias 1981, Premio Nacional de las Letras Españolas 1990, Premio Reina Sofía 1995 y Premio Cervantes de la Letras 1999, y hasta ahora no se había recogido en un tomo toda su poesía.
A su muerte, ocurrida el 21 de diciembre de  2002, era miembro de la Real Academia de la Lengua Española y varias universidades le habían otorgados sus doctorados Honoris Causa.
Aquí le obsequio este poema de José Hierro, el cual me gustaría dedicar a los 54 amigos del grupo de los 75 que me quedan presos en Cuba.



Canción de cuna para dormir a un preso



La gaviota sobre el pinar.
(La mar resuena.)
Se acerca el sueño. Dormirás,
soñarás, aunque no lo quieras.
La gaviota sobre el pinar
goteado todo de estrellas.
Duerme. Ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
No hay más que sombra. Arriba, luna.
Peter Pan por las alamedas,
sobre ciervos de lomo verde
y la niña ciega.
Ya tú eres hombre, ya te duermes,
mi amigo, ea…
Duerme, mi amigo. Vuela el cuervo
sobre la luna, y la degüella.
La mar está cerca de ti,
muerde tus piernas.
No es verdad que tú seas hombre;
eres un niño que no sueña.
No es verdad que tú hayas sufrido:
son cuentos triste que te cuentan.
Duerme. La sombra toda es tuya,
mi amigo, ea…
Eres un niño que está serio.
Perdió la risa y no la encuentra.
Será que habrá caído al mar,
la habrá comido una ballena.
Duerme, mi amigo, que te acunen
campanillas y panderetas,
flautas de caña de son vago
amanecidas en la niebla.
No es verdad que te pese el alma.
El alma es aire y humo y seda.
La noche es vasta. Tiene espacios
para volar por donde quieras,
para llegar al alba y ver
las aguas frías que despiertan,
las rocas grises, como el casco
que tú llevabas en la guerra.
La noche es amplia, duerme, amigo,
Mi amigo, ea…
La noche es bella, está desnuda,
no tiene límites ni rejas.
No es verdad que tú hayas sufrido,
son cuentos tristes que te cuentan.
Tú eres un niño que está triste,
eres un niño que no sueña.
Y la gaviota está esperando
para venir cuando te duermas.
Duerme, ya tienes en tus manos
el azul de la noche inmensa.
Duerme, mi amigo…
                  Ya se duerme
mi amigo, ea…

1947.

OTRO CANTAR









SOÑETO











Que los sonetos, más que escribirse, se sueñan.


Se sabe el sol tesoro, y en moneda
de fúlgido esplendor vierte en la hucha
del mar la belleza que se nos queda
atada en el mirar, y como es mucha

no cabe en la pupila, pero lucha
por mostrarnos a Dios, que en la alameda
del mágico rielar, hace una pucha
de carámbanos áureos, y con seda

irisada por cierzos seductores
la piel del mar convierte en embeleso
y el cielo en explosión de bordaduras
entramadas con hilos de fulgores.

Se sabe el sol tesoro de ternuras
vertidas en el mar como en un beso.


lunes, 7 de diciembre de 2009

CANTAR DE LA SABANA








DE DONDE SOY






Por Roberto García

Soy de allá, de donde el filo
insigne de un hacha vieja
cortó la noche, y no deja
al monte dormir tranquilo.
De allá, donde al cocodrilo
se le acorta la cintura,
y transportando dulzura
las abejas son aviones
pequeños con aguijones
que invadieron la llanura.








Soy de allá, de donde choca
el oleaje con la orilla,
látigo azul que le astilla
los tendones a la roca.
De donde la danza loca
de un remolino trabaja,
el que cuando sube y baja
parece de lado a lado
un bailarín despeinado
en una fiesta de paja.                                

domingo, 6 de diciembre de 2009

OJEADAS


FÓRMULA CATRACHO



Por Manuel Vázquez Portal


El antídoto Tegucigalpa tiene un nombre. Se llama fórmula catracho. Su componente principal es una Fiscalía General respetuosa de las leyes, un Congreso decente, unas Fuerzas Armadas pundonorosas y disciplinadas, un presidente interino nombrado Roberto Micheletti que no permitió contaminaciones, una iglesia bien enfocada, y, sobre todo, un pueblo decidido a expulsar de la nación todo gérmen perjudicial para la democracia.
Si el recién electo presidente, Porfirio Lobo Sosa, pudo manifestar que Manuel Zelaya ya es historia, se lo debe a la efectividad de la fórmula catracho. Apenas el país comenzó a mostrar los primeros brotes de la grave enfermedad, los celadores de la salud política de la nación iniciaron su labor profiláctica y fueron tomando las medidas pertinentes.

La sintomatología era evidente. El 2 de marzo de 2009 Zelaya llegó a Cuba. Con esa visita, que le provocó fuertes críticas opositoras en Tegucigalpa, rompió un aislamiento de 40 años entre los dos países, pues fue la primera estancia oficial de un mandatario hondureño en la isla comunista. El 13 de marzo mostró la foto que le fue tomada junto a Fidel Castro, y dijo que su sombrero ahora tenía más valor porque había estado sobre la testa del viejo dictador, y ese mismo día anunció su intención de someter a referéndum, por medio de una cuarta urna, su posible continuidad en el poder. El 23 de marzo convocó a la ciudadanía a la consulta popular, aunque ya estaba advertido de la inconstitucionalidad del acto.


El 25 de marzo, desconociendo la autoridad de las instituciones, Zelaya dijo desde Managua, Nicaragua, que la consulta se realizaría y nadie podría detenerla. Un día después, el presidente venezolano Hugo Chávez declaró que la cuarta urna en Honduras era una idea suya.
Frente a ello las instituciones, el Ejército, la Iglesia y la ciudadanía reaccionaron. El fiscal general, Luis Alberto Rubí, alertó a Zelaya de que su plan constituía un delito, el general Romeo Vásquez expresó que los militares no se prestarían para ello, el entonces presidente del Congreso, Roberto Micheletti, manifestó que no era factible porque no podían hacerse reformas a la Ley electoral, el Cardenal Oscar Andrés Rodríguez, sentenció que si se trataba de continuismos nadie lo aceptaría. El 23 de junio unos 100 mil hondureños salieron a las calles de San Pedro Sula a protestar contra la cuarta urna. Más claro, ni la mirada de un niño.
Pero Zelaya estaba demasiado comprometido con sus aliados y, quizás, muy endeudado con sus patrocinadores como para detenerse. Siguió adelante. Desde Venezuela le llegaron las urnas y las boletas. Los militares se negaron a repartirlas. El 24 de junio Zelaya destituyó al general Romeo Vásquez, y el 26 asaltó el aeropuerto de Toncontín acompañado por una turba para llevarse las urnas y las boletas. El Congreso restituye en su cargo a Romeo Vásquez y le ordena detener a Manuel Zelaya por todos los delitos que ha cometido. El 28 de junio amaneció turbulento para el presidente que había provocado todas las turbulencias. Fue a recalar a Costa Rica sin sombrero y en piyama.
Luego, bueno, ese luego sería muy largo de contar en detalles. El Congreso nombró presidente interino a Roberto Micheletti. Micheletti se ajustó los pantalones bien ajustados durante cinco meses sin treguas y contra todas las tormentas y pronósticos. Los militares se mantuvieron unidos. Manuel Zelaya jugó al payaso planetario.  José Miguel Insulza le hizo honor a su apellido. Fidel Castro babeó verde de rabia. Hugo Chávez perdió su dinero y sus baladronadas. Washington tuvo que reconocer que defendía la causa equivocada. Las elecciones se efectuaron con un alto por ciento de votantes. Porfirio Lobo, quien en un principio defendía la consulta popular propuesta por Zelaya, le debe a la fórmula catracho haber podido decir que Zelaya ya es historia y los pueblos de América le adeudan a los hondureños el antídoto perfecto contra las dictaduras en el sub continente.

sábado, 5 de diciembre de 2009

SABADOS DEL AYER


Esta sección debo agradecerla a mi amigo, el poeta Manuel Sosa, que tuvo la gentileza  de, mientras yo estaba en una cárcel de Cuba, él iba leyendo mis textos y los guardaba. A mi llegada a Estados Unidos, el poeta, desde Atlanta, me hizo llegar un CD-R con el archivo completo.                                            



LA HORA TERRIBLE


Por Manuel Vázquez Portal, Grupo de trabajo Decoro.


LA HABANA, marzo, 14, 2003 (www.cubanet.org) - Siempre he pensado que el miedo surge frente a lo desconocido. Cuando uno debe enfrentarse a lo inesperado lo asalta esa alarma interna que avisa del peligro y es cuando, precisamente, podemos definir si somos timoratos o valerosos. Si avanzamos, a pesar de la certidumbre de los riesgos: valientes; si retrocedemos o nos paralizamos: cobardes. Pero tener miedo de lo superconocido, eso es ya una enfermedad incurable. Y yo debo confesar que padezco esa enfermedad. Me aterra encender el televisor.

¿Qué puede ser menos peligroso que oprimir un mínimo, inofensivo, simple botón? Ver cómo se abre una pantalla, escuchar una voz que canta, anuncia, comenta, declara. ¿Qué puede resultar menos agresivo que sentarse cómodamente frente a un equipo que obedece pasivamente en un rincón de la casa? ¿Qué puede ser más dócil que ese aparato frente al cual los niños se embobecen y los ancianos se adormilan y cabecean olvidados del mundo? Pues a ese tareco doméstico y mañoso como un perro leal yo le tengo un miedo cerval, un miedo de ratón acorralado por un gato.
Para mí encender el televisor es uno de los actos más peligrosos que he tenido que afrontar en mi vida. Puede provocarme lo mismo un infarto que una crisis de depresión profunda; una paraplejia que un ataque de hilaridad; una embolia que una parálisis facial; un dolor de testículos que una perreta pueril. Son insospechadas mis reacciones frente a esa hora terrible en que se me ocurre que puedo sentarme a disfrutar de los adelantos televisivos.
Mi enfermedad no es congénita. De niño me maravillaban los cartones de Walt Disney; de adolescente me encantaban los musicales; de adulto me fascinaban los noticieros. Pero de repente descubrí una fobia acérrima por la pantalla chica, por la cajita de la bobería, como le dicen. Primero era como un susto, un sobresalto que me invadía a la hora de encenderlo. Después fue la certidumbre de que me atacaba. Más tarde supe que quería dejarme sin cerebro, sin cabeza. Y aún cuando la tentación se me volvía incontrolable, el miedo me congelaba. ¿Y si no había muñequitos? ¿Y si Plácido Domingo no estaba interpretando Rigoletto? ¿Y si la CNN no estaba reportando un gran suceso? ¿Y si el león de la Metro Goldwin Meyer se había quedado mudo? ¡Qué va! No podía con la duda, con la incertidumbre. Y la duda, la incertidumbre conducen al miedo. Pero el miedo no era a lo desconocido. Era, como les dije, a lo hiperconocido. Cuando no hay comic, ni canciones, ni reportajes, ni películas, usted puede estar seguro que ÉL sí está. Y eso es lo que me puede producir lo mismo un infarto que una perreta. Y ahí es donde me inmovilizo, porque sé que ÉL está en la pantalla a cualquier hora, cualquier día, todo el tiempo.
Con el tiempo aprendí a sortearlo, a escabullírmele entre programa y programa. Pero llegó un momento en que ya era imposible evadirlo. Era una presencia permanente, por cualquier motivo. Mas, la gota que colmó el jarro sobrevino cuando el chavismo se instaló en Venezuela (¡Pobre Venezuela! No sabe lo que le espera). El asedio se tornó doble, la incertidumbre doble, el miedo doble. Imagínense. Ahora cuando no está en la pantalla El Tío, está El Sobrino. Y así, ¿quién no se aterra en esa hora terrible de encender el televisor?

viernes, 4 de diciembre de 2009

OTRO CANTAR







TRAVESIA


Janisset Rivero


Vuelvo,
traigo flores silvestres,
lirios rotos,
el cuerpo es una ronda
de gemidos,
alegoría del tiempo que transcurre.
El alma me abandona
a cada paso,
fuego letal
quemándome el camino.


Vuelvo,
vengo del alba,
he bebido la luz.
Un enjambre de brillos siderales
estalla de mi piel al infinito.


Vengo de tí,
de tu esencia secreta,
de ese mar
de tibieza y claroscuro,
de tu nostalgia,
de tu queja vengo.


Traigo flores silvestres,
lirios rotos
y gemidos que rondan
las palabras
y consienten lo eterno
en la promesa.


Vengo de tí,
del instante indecible,
trasgresión de colores
en el alba.



jueves, 3 de diciembre de 2009

DEJAME QUE TE CUENTE



GATO ENTROMETIDO

Un cuento inédito de:

José Lorenzo Fuente


En la torre de control de tráfico aéreo se escuchó la voz de un piloto que solicitaba permiso para hacer un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto José Martí, de La Habana. El controlador, Jacinto Salavarría, miró la pantalla del radar y respondió que, por favor, le confirmara la naturaleza de la emergencia. Cuando el piloto volvió a hablar, el controlador alcanzó a oír con absoluta nitidez el maullido de un gato. No puede ser, es imposible, murmuró mientras oprimía una tecla del panel. Durante los catorce años que llevaba trepado a una torre de control, nunca había tenido la menor sospecha de que un gato ocupara un lugar en la cabina de mando de ninguna aeronave o un asiento contiguo al de algún miembro de una tripulación en pleno vuelo. ¿Sería posible que una azafata lo hubiera introducido de polizón en su bolso de mano? En lugar de hacerse otras preguntas innecesarias, pensó que debía reclamar cuanto antes la presencia en la pista de una o dos ambulancias y solicitar el concurso de un especialista en traumatología, y también de un neurólogo, el personal médico de emergencia que, según los cálculos dictados por su larga experiencia, debían estar disponibles en situaciones como aquella.


Mientras decidía los próximos pasos a seguir, pensaba con ahínco en su mujer. Si aceptamos como ciertas las conjeturas apresuradas de Jacinto Salavaría, entre las múltiples asechanzas del destino no existe un motivo de mayor preocupación para cualquier hombre que perder el usufructo de una mujer, lo mismo sea propia o ajena. La que ahora le ardía en la imaginación, devorándole el sosiego, se llamaba Eva Madariaga y era propietaria de atrevidos ojos negros, cuello de cisne, torso cincelado en mármol como el de Afrodita, que era griega hasta la última palpitación de su carne, o tal vez romana, un controlador de tráfico aéreo no tiene necesariamente por qué saberlo a ciencia cierta, y a continuación, descendiendo, muslos y pantorrillas de los que dependía el equilibrio del contoneo que enloquecía, pensaba él, a todos los hombres del vecindario.

Durante los primeros meses de casados, a Jacinto Salavarría nunca lo inquietaron demasiado los atributos físicos de su mujer, que desde los tiempos de la otra Eva, la del Edén, tantos conflictos han originado, ni experimentó los celos devoradores que aparecieron más tarde, como tampoco, recordó, en los primeros tiempos de su vida, cuando quiso hacerse piloto, le infundieron miedo las alturas. Sin embargo, después de un par de años de estarlo sometiendo a un riguroso escrutinio dedujo que era un exceso de confianza casi suicida navegar dentro de la vertiginosa cápsula metálica de un avión, aunque dicen que en el cielo ocurren menos accidentes que en las autopistas, y para darle consistencia a las obsesiones colectivas uno debe presumir que las estadísticas no mienten, pero a partir de algún instante inidentificable comenzó a acosarlo el pálpito inexorable de que una turbulencia repentina podía hacer que el avión pilotado por él perdiera el rumbo dentro de una larga noche sideral o se incrustara en el pico de una montaña. Con el tiempo los miedos se exacerban. Por consiguiente, prefirió ocupar la plaza de controlador de tráfico aéreo. Era una ventaja. Desde su puesto de observación podía llegar a conocer a fondo el comportamiento inestable de los aviones, no el de los pilotos, que más o menos saben lo que deben hacer en los momentos de mayor peligro, sino el de los aviones, aparatos enigmáticos que parecen tener un destino particular, a veces aciago, por cualquiera sabe qué oscuros designios de sus constructores. En fin, con el paso del tiempo y de muchas cavilaciones adicionales que desafiaban toda lógica porque carecían de antecedentes, generadoras sin embargo de algunas de sus pesadillas erráticas a media noche, también consideró posible que un avión resentido y malhumorado pudiera descargar su triple ira contra el piloto, la tripulación y los pasajeros, y en un acto de soberbia reducirlos a cenizas.


Casi todo depende del tiempo: hasta la felicidad, pensó Jacinto Salavarría retomando el tema de su mujer, recurrente en todos sus insomnios, inmóvil boca arriba en la cama o ladeando poco a poco, sin un vestigio de ruido, su cuerpo de animal en acecho para sorberle los olores a Eva mientras ella dormía ajena a los pormenores de la indagación. Entre sus olores inconfundibles, pensaba Jacinto Salavarría, podían estar trenzados, para identificarlo, los olores del intruso usuario de los sueños desatinados de su mujer.
Sin una posible explicación válida, sin ninguna señal que lo inculpara pero también porque nadie, ningún otro hombre, podía ser excluido, sintió repentinos celos del piloto norteamericano que solicitaba permiso para un aterrizaje de emergencia. Reflexionó que de haber sido en una vida anterior, o en ésta, Tom Wilson en lugar de Jacinto Salavarría, él hubiera viajado sin demora en cualquier avión desde Miami o desde Chicago hasta La Habana para encontrarse en la cama con Eva Madariaga. Pero esa posibilidad no existía, no entró en ningún cálculo del destino ni antes ni ahora porque sólo ocupaba un espacio en otro de los tantos delirios provocados por sus rabietas de amor. Después de esa ráfaga de locura perniciosa se burló de sí mismo. Qué desatino. El piloto de seguro residía en Chicago o en Iowa, o en un recóndito rancho de Texas, a millas de distancia del cuerpo de su mujer. Y para mayor tranquilidad nunca había visitado La Habana. ¿O sí? De todos modos experimentó la urgencia de preguntárselo:
-¿Has estado alguna vez en La Habana?
-A qué viene esa pregunta idiota. Concéntrate en tu trabajo, y apúrate.
El avión, que hacía un laxo recorrido entre Nueva York y Caracas, había estado avanzando a velocidad de crucero, y el piloto automático controlaba el vuelo con el mayor sosiego, cuando de pronto Tom Wilson, un aviador de pelo en pecho, como él decía para favorecer su autoestima, con doce años de pericia por encima de las nubes, advirtió que la nave, con el morro hacia abajo, por un motivo para él desconocido, iniciaba una brusca caída en picado. El monitor de la consola parpadeaba sus muchas luces inquietantes en señal de advertencia, y alguien –con qué perversa intención- había desconectado el piloto automático. Cómo que alguien, quién puede ser, masculló Tom Wilson a tiempo que apresaba la palanca de mando tratando de estabilizar el avión. Si nadie estaba a su lado, si el copiloto había abandonado el asiento y ahora andaba por el pasillo para desentumecer sus piernas, qué diablos sucedía en un avión que no estaba amenazado por ninguna turbulencia ni sufrido ningún daño estructural.
-Entonces, ¿por qué solicitas permiso para un aterrizaje de emergencia? – preguntó Jacinto Salavaría.
-Por qué va a ser. Porque no sé qué diablos está pasando - respondió Tom Wilson en perfecto español.
– ¿Estás drogado?
-Vete al demonio.
Tom Wilson nunca se había drogado. Es más, no fumaba y consumía bebidas alcohólicas sólo en muy contadas ocasiones.
El drogado debes ser tú, cubano estúpido. ¿Me estás oyendo, bastardo idiota? - preguntó Tom Wilson con una inflexión desenfrenada.
-¿Hay heridos a bordo? -fue la nueva pregunta de Jacinto Salavarría, sin reparar en los insultos desatinados que le caían del cielo.
-¿Heridos? No te lo puedo asegurar, aunque creo haber oído decir que una azafata se desmayó. En medio del tumulto de tantas voces, sólo he podido saber que entre los pasajeros ha cundido el pánico, desde aquí únicamente alcanzo a oír un confuso ruido de cristales rotos, de objetos derribados, ¿los oyes, escuchas como yo esos tras,pum,ban,zuum,tan, no oyes los gritos de la gente, sus imprecaciones, llantos y plegarias? Supongo que los pasajeros deben haber salido catapultados de sus asientos, deben haber dado volteretas y rebotado mientras escucho la voz metálica de las alarmas que anuncian la entrada en pérdida, porque el avión continúa descendiendo y descendiendo, ya no volamos en la anaranjada soledad de las nubes fugaces sino casi a ras de tierra, apúrate cubano de mierda, que nos vamos a matar.

Dos días atrás, la víspera de su cumpleaños, Tom Wilson entró al cuarto de baño y abrió el grifo de la ducha sin poder omitir las vicisitudes que le trasmitían la pesadilla de la noche anterior. A las pesadillas se las lleva el agua, pensó, escapan por el tragante de la bañera entre las espumas del champú y del jabón. Pero aquella era una pesadilla difícil de derrotar, y si no encontraba el modo de interpolar otras preocupaciones menores, que le empobrecieran el recuerdo inicial, la pesadilla iba a persistir en su memoria, calculó, por lo menos una semana o dos. En vano Tom Wilson inundó las horas siguientes, después del baño reparador, con el rumor de las olas en una playa solitaria donde pudo hacer el amor con una chica accidental, de muslos macizos y trenzas de oro, que sin embargo no figuraba en su agenda entre otros apretados números de teléfonos para una segunda oportunidad.Pero, ah demonios, ahí estaba el gato empecinado, escapando a la mutación y al olvido. Es intolerable aceptar que uno no tiene dominio sobre la voluntad, y por tanto puede hacer de urgencia un sexo sin amor, sólo para descargar el cuerpo, una contingencia que no premeditó y que acaso tampoco deseó, como intolerable resulta, ahora, sentirse mancillado por una pesadilla cuya eternidad nos puede perseguir más allá de la muerte. Tom Wilson había soñado que un gato –verde por más señas- después de hopar en la parte trasera del avión, en silencio, complacido hasta el delirio porque ninguno de los pasajeros podía observarlo, y también después de relamerse como si alguien le hubiera proporcionado una abundante ración de pescado, se instaló de un solo salto elástico en la cabina de mando, a su lado, y para el mayor asombro, contrariedad y desasosiego de Tom Wilson, el maldito gato empezó a tocar todas las teclas, las que accionaban los alerones, el tren de aterrizaje, los timones de profundidad y el timón de dirección. Vamos a tener un accidente, gato entrometido, tú también te puedes matar, le dijo en tono persuasivo. Como si de pronto se agotaran todas las posibilidades, Tom Wilson conjeturó que la lógica le resultaba inservible, porque aquel gato que él ya empezaba a odiar, aquel gato verde que olía a muerte, a trapos húmedos, a guano de murciélago, like cat’s piss, ya cumplida su lúgubre misión, mientras la aeronave descendía en picado, comenzaba a desvanecerse, empezaba a suprimirse, a hacerse invisible a todo lo largo de su pelambre verde, desde la cabeza a la cola, sin transición, hasta que Tom Wilson sólo alcanzó a ver el último vestigio del animal: la pezuña felina de la pata izquierda, que simulaba un gesto de saludo o de despedida, antes de desaparecer.
-Apúrate, cubano desgraciado, acaba de dar el permiso para un aterrizaje de emergencia. Mira que ya falta poco, ¿no oyes el presagio de un crujido en el fuselaje del avión?
-Me pareció haber oído el maullido de un gato dentro de la cabina de mando de tu avión –dijo Jacinto Salavarría desde la torre de control.
-Oh, my God. Entonces era cierto. El gato terminó por ganarme la partida.

Al día siguiente apareció la noticia en todos los periódicos: la aeronave se había precipitado a tierra en una abrupta zona de la costa norte de la isla de Cuba, a sólo siete millas al este de La Habana. Nadie logró sobrevivir al accidente. Después de intensas averiguaciones, se supo, sin tanto ruido en las agencias cablegráficas, que el controlador de tráfico aéreo, Jacinto Salavarría, no le había prestado la debida atención a la solicitud de emergencia del piloto y como resultado de aquella negligencia que segó tantas vidas había sido separado del cargo.


Seis meses después, Eva Madariaga lo abandonó. Para ponerle punto final a la historia, si en realidad existe final para alguna historia, Jacinto Salavarria se enteró que el nuevo depositario de los sueños desaforados de la que había sido hasta ayer mismo su mujer era un piloto de la Fuerza Aérea, que ostentaba en la solapa el fideo del rango de oficial, Reinaldo Verdecia, treinta y siete años, ojos que verdeaban hasta un fondo marino, tez cetrina, huella azul en las mejillas, casi subliminal, dejada por la barba recién rasurada, y espaldas de remero olímpico. No era que Eva tratara de justificarse, porque además no era necesario y tampoco nadie se lo exigía. Pero el nuevo giro de su vida respondía no a una veleidosa decisión irreflexiva sino a las instancias de su inapelable destino. Desde la adolescencia, los pilotos siempre ejercieron sobre ella una extraña fascinación.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

DOS MÁS DOS, SON 75


YO LE CONTARÉ A TODOS

Por Manuel Vázquez Portal



Antonio Augusto Villarreal y yo jugábamos a la pelota en los solares yermos de Morón. El era mejor. Bateaba fuerte y fildeaba con más habilidad. Su sueño era ser pelotero. Tanía postales de Baby Ruth y monogramas de los Yankees de New York.
Yo quería ser escritor y tenía libros de Emilio Salgari y Julio Verne. El vivía por el cuartel de bomberos y yo cerca de la fábrica de hielo. Su tía tocaba el piano y la mía bordaba. Ambas se sentían orgullosas de nosotros. Un día Villa y yo nos liamos a los puños, y las tías fueron la que nos se hablaron nunca más.
En la adolescencia nos separamos. Pero teníamos los sueños intactos. Todavía no habían crecido los abismos. Suponíamos aún que todo era posible. Crecimos. Nos casamos. Tuvimos hijos. El tiempo se fue y no nos vimos. Treinta años después volvimos a encontrarnos. Fue en la cárcel de Boniato, en Santiago de Cuba.
Era la llamada Primavera Negra. El gobierno cubano había condenado a larguísmas penas a 75 opositores pacíficos y periodistas independiente. Otra vez las similitudes y diferencias volvían a unirnos. Yo, periodista; él, activista político, y tras las rejas, a gritos, rememoramos al Gallo de Morón,  La Laguan de la Leche, el profesor Benito Llanes.
Nos juramos que después de vencidas las cárceles y las tinieblas volveríamos a encontrarnos en la Laguna para contarnos las vidas que no nos sabíamos uno del otro.
Pero no ha podido ser. Las cárceles siguen y las tinieblas permanecen sobre Cuba. Yo vago por una ciudad prestada y él, después de casi siete años, permanece en la cárcel, pero me cuentan los amigos que ya no se da cuenta. La maraña de la locura se enredó en su cerebro. Ya no podré contarle la vida que no sabe de mí, pero yo le contaré a todos que él enloqueció de amor por Cuba y sus torturadores, aún así, lo mantienen en un calabozo inmundo.



ADOLFO FERNANÁNDEZ SAÍNZ: ELOGIO DEL JUSTO








Por Rolando Cartaya


El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano.
Salmo 92:12




Trae niño y trae jaba. Si niño pesa mucho, deja niño y trae jaba”. Así dice el Telegrama del Preso a su Esposa, un viejo cuento carcelario que confirma la regla de que el presidio, como escribiera Martí, seca de mes en mes el alma del condenado.
El presidio político, sin embargo, no ha podido con el alma de Adolfo Fernández Saínz. Y no porque Adolfo sea un héroe --que para mí lo es-- sino porque un día decidió seguir a Cristo y desde entonces nunca se ha soltado de su mano.

Hace poco, a principios de noviembre, su esposa, Julia, denunció que las autoridades de la prisión de Canaleta no le habían dejado pasar una sudadera para el frío y dos publicaciones católicas que le llevaba en la jaba. Julia, inquieta por su salud, rogó que al menos le dejaran pasar la prenda de abrigo. Pero sé que si Adolfo hubiese podido escoger, habría optado por la literatura. En septiembre del 2008 estuvo quince días en huelga de hambre –-una entre tantas que ha cumplido en prisión-- para exigir su derecho a calmar la sed del espíritu.

Entiendo bien a Adolfo porque estuve preso, soy cristiano, y me honro de haber sostenido con él una fructífera relación de trabajo; él, en Cuba como comentarista de la agencia independiente Patria; yo, aquí en Miami como conductor del espacio “Sin Censores ni Censura” de Radio Martí. Poco a poco me di cuenta de que, aunque no nos habíamos visto las caras, sentía por él el aprecio y la afinidad que sólo se sienten por un viejo amigo.
Por compartir sus claves entendí también por qué a pesar de contar con un cómodo empleo como intérprete y traductor del Consejo de Estado –-trabajó entre otros con McNamara, Schlesinger y los dictadores africanos Mengistu y Mugabe-- en una reunión de trabajo en los 90, cuando todo el país era un sálvese quien pueda, desmintió las excusas de Estado que ocultaban que la epidemia de neuritis óptica tenía una sola causa: la desnutrición.
De su vocación periodística sólo diré lo que pensaban sus adversarios: “Es uno de los más agudos analistas políticos del enemigo”, comentó uno de ellos, citado por el colega Juan González Febles.
En su largo confinamiento –en marzo se cumplirán siete años, y aún no llegará a la mitad de su sentencia-- Adolfo Fernández Saínz ha conocido la saña de los atormentadores de su cuerpo (al espíritu del justo, Dios le pone alas). Incómodos con tanto despliegue de dignidad, en una ocasión enviaron a un preso común para que lo golpeara.
¡Qué poco conocen a los seguidores del Nazareno!

martes, 1 de diciembre de 2009

LA POLILLA IMPERTINENTE







CUBA, UNA REALIDAD GLACIAL
(SEGUNDA PARTE)

Por Don Alternán Carretero

Primero. Los puntos sobre las íes. Que no es Alternán Carretero hombre de cotilleos de lupanares o algarabías de barrios. Cuando entregué mi primera columna sabía perfectamente a que me exponía. No faltan malas leches en el mundo. Este oficio y sus habitantes los conozco muy bien. Pero sepan los zascandiles, los trepadores y los aguafiestas que no soy de los que batalla contra los oprimidos sino contra los opresores. Mi columna anterior no iba dirigida contra Yoani Sánchez sino contra la dictadura castrista. Mis enemigos son los Castros, no quienes los combaten. Por eso el título de: Cuba, una realidad glacial. Es a la dictadura cubana a quien hundo el escalpelo, que es la causante de los males que tanto Manuel Vázquez Portal como Yoani Sánchez, y anteriormente otros describen con gracia y objetividad. Que el periodismo es, además del retrato del instante, verdad en lo que se dice y hechizo en como se dice. Y ambos, Vázquez y Sánchez, a la distancia de diez años, han sabido orientar la mirada hacia los padeceres comunes de la sociedad toda, y han trazado con colores hermosos una realidad verdaderamente espeluznante. Y ese es mi único objetivo: demostrar que el congelamiento de las calamidades del cubano tiene un sólo y único culpable: su gobierno castrista. No vengan ahora los tergiversadores a sacar tripas de donde hay corazón. Vean estas dos nuevas crónicas


LA PROPINA, LA MERIENDA Y LA JABITA
Por Manuel Vázquez Portal, Grupo de Trabajo Decoro.
LA HABANA, enero, 7 de1999. wwwCubanet. org - En ausencia de un salario decoroso, el cubano tiene tres razones muy poderosas para mantenerse trabajando.
Los unos, laboran solamente por la alegría que a fin de mes les proporciona ser merecedores, caso de que ningún incidente involuntario (ausencias, llegadas tardes, incumplimientos de la norma) los invalide, de una jaba de estímulo que provea a la familia de pasta dental, detergente, jabones, aceite y alguna que otra chuchería inaccesible para un honrado jornalero del estado.
Los otros, cuyo salario no supera los 150 pesos y que pueden hallarse trabajando en empresas de siglas rimbombantes, se mantienen en sus puestos porque la merienda (un bocadito de jamón y queso y alguna rebanada de salchichón, más una cola de latica) les permite, en el breve tiempo de descanso, salir a la calle y vender el apetecible piscolabis a un precio de 20 pesos o un dólar, lo cual le sube ostensiblemente el salario.
Los terceros, quizás los más afortunados de todos, son aquéllos que trabajan directamente con los turistas y reciben de ellos las ansiadas propinas. Los días pueden ascenderles a 5 ó 6 dólares que, aunque obligadamente voluntario, deben compartir con el sindicato, el partido, las organizaciones educacionales y de salud, no deja de colocarlos en una posición de privilegiados. Son los trabajadores mejor remunerados del país. Jamás un profesional, por muy alta que sea su categoría, puede comparárseles.
La propina, la merienda y la jabita, son los mejores estimulantes con que cuenta el estado, única empresa empleadora, para mantener un ejército de menesterosos, dispuestos a desgüazarse entre ellos por tal de obtenerlos. Ningún salario, ninguna ganancia a destajo, ningún pago por contrato, puede equipararse con la propina, la merienda y la jabita.
Pongamos por caso que el trabajador que la recibe gana solamente 150 pesos y que a ello se añada, por ejemplo, 3 dólares de propina diarias, que llevaría a un total de 2,040 pesos, estando el cambio a 21. En el caso de la jabita, valorándola a 25 dólares, el trabajador ganaría 675 pesos. Y en el caso de la merienda vendida se obtendría un total de 750 pesos.
Nada, que si fuera verdad el increíble chiste de que el primer ministro cubano gana solamente 700 pesos al mes, cualquiera de estos dichosos asalariados con propina, merienda o jabita, viviría mejor que el hombre número 1 del país.


DIEZ AÑOS DESPUÉS...



LA VENTAJA DE UNA MERIENDA


Por Yoani Sánchez
Generación Y
Junio 3rd, 2009
Quiero entonar una oda a la merienda diaria que reciben los custodios y el personal de vigilancia de ciertos centros estatales. El pancito con jamón y queso, junto al refresco de cola que lo acompaña, son la razón por la que miles de cubanos siguen en sus puestos de trabajo. Sin la ganancia que trae la reventa de ese refrigerio muchos hubieran abandonado definitivamente sus puestos laborales. Incluso una de las primeras preguntas cuando se busca empleo no es sobre la cuantía del salario –igual de simbólico e insuficiente en todas partes- sino alrededor de la existencia o no de una merienda. Comercializarla en veinte pesos cubanos permite al trabajador duplicar sus entradas, aunque para ello deba abstenerse de comer el tan necesario sustento.
Por todas partes, exhibidos discretamente pero fáciles de encontrar para quienes los buscan, están la botella de Tropi Cola y el bocadito envuelto en celofán. Se les ve a la entrada de las oficinas telefónicas, tras las puertas de cristal de los bancos, en las garitas que resguardan la entrada a los ministerios, en los puntos de venta de boletos de ómnibus, en el interior de los museos y hasta en los cibercafé que ofrecen su lenta Internet a elevados precios. En todos aquellos lugares que necesitan ser custodiados, escoltados, protegidos, hay alguien que se ve obligado a revender su merienda para seguir en guardia. Unas lascas de jamón y otras de queso pueden hacer la diferencia entre ir cada mañana al trabajo o quedarse en casa.