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jueves, 18 de febrero de 2010

Amarrao, con frío y en pelota

















El activista cubano, César Alexander Cozar Rivera, protestó desnudo y amordazado este jueves en contra de la política española de diálogo con el régimen castrista, frente a la entrada del edificio de la Union Europea en la capital española.
El hecho se produjo cuando se celebraba en Madrid el cuarto encuentro del foro de diálogo sobre derechos humanos hispano-cubano, creado durante la visita del canciller, Miguel Ángel Moratinos, a la Habana en abril de 2007.
En su protesta, Cozar Rivera dijo representar a los disidentes y exiliados cubanos que no han recibido ninguna respuesta ni trato humano adecuado en los últimos 50 años, y se mostró muy crítico con el Gobierno español, al que --según señaló-- no le interesan los derechos humanos ni la democracia en Cuba.
El activista explicó que durante su protesta se mantuvo de pie sobre la bandera cubana para demostrar el deterioro extremo que padece la isla.
Añadió Cozar Rivera que tanto el gobierno socialista español como la tirana cubana pisotean la bandera de su país, agregó que en Cuba se sigue fusilando, mientras los exilios forzados acaban con las familias e impiden la educación de los jóvenes.

Delicioso edén

Capítulo dos



Soñó que estaba volando. Una fuerza interior que no conocía la levantó de la calle, la lanzó por los aires, la hizo creerse fuera de peligro. Sentirse ingrávida, sin peso le proporcionó un estado de liberación que no había gozado nunca.
Huía de algo desconocido que la perseguía, la acorralaba, la llenaba de pavor. Iba a gritar, pedir socorro, clamar por alguien que la auxiliara, la rescatara de aquel desasosiego insostenible.
Era como un aliento caliente, húmedo, pestilente que la acosaba. Un punzante sentimiento de soledad, de extravío le presionaba el pecho, la garganta, los ojos.
Las piernas no le respondían. Querría correr pero una pesadez de siglos empozados en sus músculos se lo impedía. Quería gritar pero una asfixia densa, congelante le atenazaba la garganta.
Se sorprendió extraviada para siempre. Tragada por el olvido. Hundida en un mar de plomo derretido. Sumida en un dédalo insondable.
De repente, sin saber de dónde, le nació aquella fuerza desconocida que desató toda su voluntad y se vio sobrevolando por sobre la ciudad con la levedad de un gorrión.
Era entonces la ligereza y la alegría. El estado opresivo que la invadía desapareció como espantado por un raro sortilegio. Regresó a un estado de gracia, de inocencia que no recordaba disfrutar desde la infancia. La embargó una plácida sensación de felicidad.
La Habana comenzó a discurrir bajo su cuerpo, que no era cuerpo si no una maza volátil que escapaba, una emanación conciente que se trasladaba sin brújula y sin rumbo.
Allá abajo quedaba el barrio de San Isidro, donde había nacido, jugado, estudiado, crecido, amado. Veía pasar los techos de tejas rojas, acanaladas, adornadas con retoños que parecían milagros de la germinación, la humedad, la primavera.
Las palomas caseras arrullaban con una melodía celestial, mientras revoloteaban, se posaban, picoteaban invisibles semillas, gusanillos. Ella saludaba, conversaba con las palomas como una más de ellas.
El sol reverberaba en los adoquines de las plazas donde de niña esparció su algarabía descalza y de rebeldes rizos desgreñados, donde contempló los amaneceres de una ciudad que envejecía, se desconchaba, se venía abajo irremediablemente, donde esperó las penumbras de las noches tropicales para estrenar sus primeros besos de amor.
Las calles tortuosas por cuyos bordillos se deslizaban aguas negras que recordaba desde siempre, parecían un encaje caprichoso bordado sin más encanto que el ritmo de sus curvas y angosturas.
Los espigones del puerto desolado mostraban unas grúas inertes y unos buques como muertos, olvidados de los mares, los delfines, las tormentas.
La Alameda de Paula, con sus árboles raquíticos, deshojados, carcomidos por el sol y el salitre simulaba una larga cicatriz al borde de la bahía.
El Cristo de Casa Blanca, las manos como en un abrazo eternamente ofrecido, se le antojó un refugio apetecible. Se posó sobre los hombros de piedra y sintió bajo sus pies la seguridad que sólo brinda estar acogido por Dios.
El faro del Morro, secular símbolo fálico enhiesto a la entrada del bolsón de la bahía, y la fortaleza de San Carlos de la Cabaña con sus fosos, puentes levadizos y su verdes prados de yerbas cálidas, fragantes, le parecieron el mejor lugar del mundo para contemplar una puesta de sol.
Volaba. Se evadía. No tenía certeza de qué escapaba. Pero huía. Abajo había quedado el estado de ahogo, de encierro, de falta de caminos y ausencia de fuerzas.
Abajo había quedado la bestia acechante de aliento fétido, caliente. Abajo había quedado el mar de plomo derretido que no le permitía moverse.
Volaba. Huía. Pero no sabía hacia dónde, por qué, para qué. Sólo La Habana, abajo, le parecía su destino, sólo esa impotencia irrestricta frente a todo le parecía su porvenir, sólo la incuria, el desaliento le parecían sus armas.
Volaba. Huía. Pero comprendía que había de volver, que allí se le quedaba algo, se quedaba ella misma enredada en la oscura tela de araña de sus azares.
No quería despertar. Agradecía a su subconsciente ese marasmo de alucinaciones oníricas en que flotaba. No quería despertar, sentirse de nuevo acosada, asfixiada, desfallecida, pero un empuje contradictorio la lanzaba a buscar el retorno sin que pudiera evitarlo.
Soñó que estaba volando. Y ahora trataba de explicarse el sueño. Tenía que haber una forma de interpretar aquellos símbolos que, por sencillos, no dejaban de resultarle enrevesados.
Desde niña tuvo la impresión de que el mundo terminaba en ese muro que soportaba las embestidas del mar y a donde ella iba cada tarde a contemplar las olas que se deshacían contra las piedras negras y musgosas.
Nunca imaginó un lugar más amable que el largo malecón a donde iban las parejas a besarse, los ancianos a refrescarse, los niños a bañarse, las jineteras a rentarse.
Después de aquel mar de azules transparentes, verdes profundos, no existía nada más para ella. Su universo se cerraba en ese vaivén de aguas unas veces furioso, otras suave como una cosquilla en la piel.
Sin embargo, en su sueño, se iba de los adoquines de La Plaza de la Catedral, se escapaba de las angostas, sofocantes calles de La Habana Vieja, se marchaba del minúsculo cuarto de solar donde su madre la trajo a la vida, donde la había vivido hasta ahora.
No podía descifrarlos. Y cayó en la cuenta de que necesitaba ayuda. No pensó en psicoanalistas ni doctores. Su infancia en San Isidro había transcurrido entre toques de tambor y oráculos de caracoles. La hermenéutica pedestre de adivinadores populares había sido su brújula.
Fue a ver a aquella anciana de ojos inmemoriales que desde siempre había sido la guía de toda la vecindad. Y le contó su sueño.
─No hay que ser adivino, mi hija. Estás atrapada en tu destino, y de ese, nadie escapa. Podrás irte del barrio, de la ciudad, del país, pero de ti misma nunca podrás fugarte. Le dijo Margot mientras preparaba para investigarla con los caracoles.
Camila sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral. Le había subido desde las nalgas aprisionadas por el jeans hasta la hebilla metálica que sujetaba su pelo de rizos rebeldes. Fue una cosquilla rauda y voraz que la hizo mover los hombros en un gesto convulsivo, un orgasmo mínimo que la estremeció, una electricidad delicada que le irisó los bellos de todo el cuerpo y le puso los pezones en guardia.
Pero no tuvo miedo. Más bien, le sobrevino una laxitud que la aliviaba. Había pasado muchas veces por esa experiencia. Desde niña su madre la llevó a casa de Margot para que ésta le enseñara los caminos desconocidos y le adiestrara y fortaleciera los pies de andar por los misterios.
Esperó.
Margot, sentada sobre un taburete, un turbante blanco tapando la blancura de sus canas, su mazo de collares como una bufanda de destellos, las piernas ampliamente separadas como si quisiera refrescarse el alma con el aire que circulaba bajo su falda cuando se abanicaba con ella misma, lanzó la primera andanada de caracoles y comenzó a descifrar aquel reguero de símbolos donde la vida de Camila se reflejaba como en un estanque de aguas mansas y transparentes.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Diplomacia de ficción

Mientras Orlando Zapata Tamayo le hace guiños a la muerte para que sepa que no la teme, en un hospital militar de la Habana, a donde lo trasladaron de urgencia luego de 78 días de huelga de hambre, en Madrid, funcionarios de jerarquía menor de las cancillerías cubana y española se reúnen para hablar sobre derechos humanos, la situación de los presos políticos y de la disidencia en la isla.
Convocados por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Cooperación que lidera Miguel Ángel Moratinos, este es el cuarto encuentro del mecanismo de diálogo sobre derechos humanos creado durante la visita del canciller español a La Habana en abril de 2007.
En él los señores de la cepa ibérica junto a los camaradas del boniato caribeño tratarán de demostrarle a la Unión Europea –por lo menos con gestos de opereta y escarceos de prensa- que el gobierno de Raúl Castro –y que se sepa, de nadie más- está dispuesto a firmar todos los compromisos necesarios para que el jefe de la diplomacia española pueda convencer a los socios del Bloque de los 27 de que suavicen la posición común y se normalicen las relaciones con la pobre, muerta de hambre, zarrapastrosa isla de Cuba.
Y, como era de esperar, los organizadores del filantrópico evento han invitado a tres organizaciones fieles al gobierno de la Habana y a la castrista Asociación Hispano-cubana Bartolomé de las Casa, pero a ninguna Organización No Gubernamental verdaderamente independiente que sea voz de los que pierden los dientes, las carnes y la vista en cárceles cubana.
Buen intento. El viernes será olvido. Pero Ariel Sigler Amaya seguirá languideciendo en su silla de ruedas, Oscar Elías Biscet perderá las últimas muelas, Juan Carlos Herrera Acosta quizás tenga que volverse a coser la boca y Antonio Villareal no podrá salir del laberinto oscuro en que se han vuelto sus neuronas.

martes, 16 de febrero de 2010

Donde se venden odios












Amar más cuando la rabia es mucha.
Amar sin pasaportes ni visados.
Amar cuando nos quieran ensartados
al anzuelo boqueando como trucha.


Amar sin escuchar la paparrucha
que dice mal de los que son amados
de Dios y de la luz. Encadenados
van los viles a su endeble tenducha


donde se venden odios y reproches.
Amar al ras de restas y desmoches
sin prestarle atención a los sabuesos


que famélicos roen turbios huesos
y no escuchan aromas en las noches
ni ven lo musical que son los sesos.

lunes, 15 de febrero de 2010

Anagnórisis


















Lo que he vivido soy. La resistencia
de cabalgar los días. Sin délficos augurios,
sin caracoles rústicos. El sueño de llegar
hasta una luz que era simple crepúsculo.
Empeño de atrapar con volutas de humo
las cumbres que en tinieblas mostraba
el devenir hacia olvido. La nada
es esa casa en que habitamos creyendo
que el pincel que la dibuja es diestro
en porvenires y caminos. Ceguera
proverbial la de los ojos, cristal sin más recuerdos
que un paisaje difuso. Ese niño cadáver
rescatado en tardes de nostalgia y unas espadas
rotas herencia del abuelo. Unos recuerdos
rencos donde el lodo ahora es joya, la palabra
una apuesta neciamente calcada de quienes
la llenaron de agonía, la ruta un recoveco
que concluye en el sitio donde se comenzó.
Lo que he vivido soy. Esa inocencia
que de creerlo todo morirá sin creencias.

sábado, 13 de febrero de 2010

Hoy voy a hablar de la dinámica

Por Manuel Vázquez Portal



Grupo de Trabajo Decoro



La Habana, febrero 21 de 1998. www.cubanet.org Es sábado, hace calor, las personas se apiñan en la parada. Quiero decirle al mundo que soy feliz y que florezco. Llevarles a los demás la noticia de que en Cuba la gente sueña, tiene esperanza y trabaja cantando. Quiero contar una utopía para que tengan un asidero, un camino, una luz. Me ajusto el cuello, cierro los ojos, ando. Puedo tener cansados a los demás con mis dolores.
A qué tanto quejarse de lo que ocurre acá. Tanto plañir agobia. Basta ya de apagones, de escasez, de camellos. Basta ya de ausencias de tribuna y de opciones políticas. Hoy escribiré sobre la felicidad, me olvidaré de la libreta de racionamientos, no tendré en cuenta las cuatro horas de discurso por los dos canales de la televisión.
Hoy voy a hablar de la alegría. Cuando pase una anciana con el pancito diario en su jaba plástica volveré el rostro. Cuando alguien venga a hablarme de los cuarenta años sin reposo, pensaré en Freud y Julio Vernes. Hoy escribiré sobre el alborozo. No miraré a los niños con zapaticos tenis gritando consignas que no entienden. No atenderé a los jóvenes cuando me afirmen que aquí sólo se puede vivir loco o borracho.
Hoy voy a hablar de las virtudes. No diré de los asaltos en plena calle para arrancarle una cadenita de oro a una señora ya madura, ni de la muerte de un adolescente cuando quieran arrebatarle su bicicleta. Hoy no escribiré sobre la doble moral, ni la inescrupulosa demagogia. Hoy quiero hablar sobre la dicha, no usar la palabra hambre ni burocracia, no decir nada sobre el aburrimiento cotidiano, sobre la falta de proyección de futuro, sobre la negligencia, el abandono, la suciedad y los derrumbes.
Hoy quiero simplemente decir que vivo en Cuba, es sábado, hace calor y no ha cambiado nada desde que cantaba yo consignas que tampoco entendía.

viernes, 12 de febrero de 2010

Todos somos Zapata

"Tamayo no está solo. Todos somos Zapata", declaró desde la cárcel a Radio Martí Juan Carlos Herrera Acosta, al responsabilizar al régimen de Raúl Castro por la vida del prisionero quien mantiene una huelga de hambre que hoy arriba al día 73. 




"Orlando Zapata Tamayo es de piel negra, y por supuesto, el régimen castrista lo odia, por el color de su piel y de sus nobles ideas", concluyó Herrera Acosta.

jueves, 11 de febrero de 2010

Te necesitamos vivo


Hoy hace 72 días que el preso de conciencia cubano Orlando Zapata Tamayo está en huelga de hambre.

"En estos momentos su mente no está bien. No reacciona bien. Mi dolor es cada día más grande porque pienso que vamos a perder a Orlando Zapata Tamayo". Dijo transida de angustia Reina Luisa Tamayo Dengér a Radio Martí. Su voz era un lamento y un alarido a la vez. Madre y fiera se juntaban para salvar a su cachorro. Su hijo ha transitado 72 largos días de huelga de hambre en una cárcel cubana.
"Yo le pedí que ingiriera algo". Contó Reina a la emisora. "Tú no haces nada con morirte. Te necesitamos vivo. Mira te traje un jugo. Pero él dijo que no. Está dispuesto a llegar hasta el final". Y un sollozo le quebró la voz. Nada más puedo escribir.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Un poema para niños mayores de edad














Pintar mi casa
es el sueño
que más deseo.


Pintar mi casa
con una brocha
y un lapicero.

Pintar mi casa
con garabatos
que sean jirafas,
que sean lagartos,
que sean campanas
y renacuajos.


Pintar mi casa
es el sueño
pero me gritan:
-¡So majadero,
deja ese lápiz
o yo te pego!
               
                Siempre la fuerza
                rompe los juegos,
                mata el anhelo.