Héctor Maseda estuvo anoche entre amigos. Con la voz serena del hombre razonador, nos narró sobre los siete años que lleva encarcelado. Nos contó sobre los padecimientos de los otros. No fue para quejarse ni mostrar sus cicatrices propia que acudió. En la sala estaban sus hermanos masones, sus compañeros del periodismo independientes, gentes que lo admiran por su valentía sin alardes, por su sabiduría sin altavoces.
Laura Pollán también fue a la cita. Agripada y con la voz imponiéndose a la garganta adolorida nos habló desde la dulzura infinita que la inunda cuando habla de su esposo y de su patria.
Era la presentación del segundo tomo de Enterrados Vivos, un libro sangrante y convulso que como un espejo nítido muestra las calamidades de la cárcel cubana de estos tiempos.
