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lunes, 23 de noviembre de 2009

CANTAR DE LA SABANA



                              GLOSA

Mariposa, flor alada,
rosa que a volar se atreve,
como un arco iris breve
te posas en la mirada.
                           Renael González
                          
           Para Yoly, Amir Valle y su esposa que disfrutan estos lirismos.


Mariposa, flor alada,
rosa que a volar se atreve,
como un arco iris breve
te posas en la mirada.
Ingrávida enamorada
que flamea más que vuela,
luna hechizante que riela
en el agua de los ojos,
leve surtidor de antojos
que el corazón nos desvela.


Mariposa, flor alada,
rosa que a volar se atreve,
como un arco iris breve
te posas en la mirada.
Gema que fue burilada
en el taller de la magia,
audaz fuga que presagia
el fin de la primavera,
despedida zalamera
que nos llena de nostalgia.


Mariposa, flor alada,
rosa que a volar se atreve,
como un arco iris breve
te posa en la mirada.
Nerviosa llama apoyada
en la frágil palmatoria
de un lirio, pequeña historia
del niño que no te atrapa:
evocación que se escapa
del arcón de la memoria.


Mariposa, flor alada,
rosa que a volar se atreve,
como un arco iris breve
te posas en la mirada.
Traviesa musa intocada
que se ve sólo un instante,
abanico palpitante
sobre las olas del charco
velas míninas de un barco
hacia un ensueño distante.


domingo, 22 de noviembre de 2009

OJEADAS










La presente columna debió aparecer en el Nuevo Herald de Miami el domingo 5 de julio de 2009, pero debido a ciertos raros sortilegios que tiene la prensa, no se publicó. Pasados algunos meses, y después de haber renunciado a mi espacio en ese diario, decidí que mis lectores de entonces no debían padecer mis calamidades personales. Llamé por teléfono a mi viejo amigo Don Alternán Carretero, director de The Morón Herald,  tres veces Premio Internacional Laguna de la Leche, y le propuse que la diera a conocer. Y no sólo lo hizo, sino que me pidió que todos los domingo le enviara una y yo le prometí que con mucho gusto lo haría. Aquí esta

ANTÍDOTO TEGUCIGALPA.
  
Por Manuel Vázquez Portal

El fantasma de los golpes de estado ha sobrevolado en estos días por América y el mundo. Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla deben haberse enfurecido en sus tumbas ante tan patéticas comparaciones que menoscaban sus recuerdos, si por lo menos hubiera habido un par de muertecitos, no fueran tan ridículas las monjiles monsergas, porque, a mi modo de ver, nada más lejano de la realidad que lo que han dibujado con alarmante aspaviento.


La imagen de un Manuel Zelaya en asustado ropón de dormir asilado en Costa Rica borró la del baladrón de sombrero tejano que, desafiando a todas las instituciones del estado, entró a una base aérea militar para, por sus santos mostachos, llevarse las urnas y las boletas de un referéndum que le habían dicho era ilegal.

De ranchero guapetón con ansias de perpetuarse en el poder pasó a sobresaltado conejillo clamando porque lo dejen aunque sea terminar el período para el que lo había elegido el pueblo. De truhán apandillado con los peores vecinos del pobre barrio latinoamericano transitó a dolorida víctima ante las organizaciones internacionales.

Realmente la alborada del domingo 28 de junio no fue buena para el señor presidente de Honduras. El había soñado hacer sus abluciones matutinas con toda calma, jabones olorosos, cremas humectantes y lavandas exóticas; desayunar con jaleas y quesos importados, retocarse el bigotón hirsuto, calarse su sombrero engominado y salir a recorrer los barrios pobres donde no conocen los membrillos y en los que, suponía, lo aclamarían con júbilo unos votantes entusiamados.

Pero olvidó el señor presidente que días antes le había querido partir las piernas a Romeo Vásquez y que la Corte Suprema, como la más fiel y exigente de las Julietas, se lo había impedido y que no pudo nombrar a tiempo a un general que le permitiera salirse con la suya, y ahí fue donde y cuando se armó la de Montescos y Capuletos.

A no dudarlo, el despertar del domingo 28 de junio no fue bueno para el Manolo Zelaya ni para sus mentores y patrocinadores. Pero sí fue muy bueno para los hondureños y para los pueblos de América Latina. Ante el virus de los otrora golpistas y guerrilleros de tomar el poder por la vía democrática y una vez instalados desmantelar el sistema, apareció en Tegucigalpa el antídoto infalibe contra una bacteria que amenaza con extenderse peligrosamente sin que la Organización Mundial de la Salud decrete la fase de alerta de pandemia.

El gérmen nació allá por 1952 cuando el incruento golpe del general Fulgencio Batista dejó sin constitución a la nación cubana y Fidel Castro prometió que la reinstauraría. Cincuenta años después se está esperando que lo haga, y no ha sido tan incruento como el cuartelazo.

El modocito Hugo Chávez preelectoral que llamaba dictador a Fidel Castro, y cuyo examen bacteriológico había dado positivo en la clínica del doctor Carlos Andrés Pérez, no le ha dejado en diez años un hueso sano a la constitución venezolana.

Aquel aimara ardoroso a quien los síntomas se le verificaron por medio de los incendios de neumáticos en las carreteras de Bolivia y que no le permitía a ningún presidente gobernar en paz, no bien se apoltronó en la silla presidencial empezó a reformatear la constitución de tal manera que nunca más habrá paz en La Paz.

El trueno sandinista de los años ochenta, uno de los principales vectores del patógeno, cuando fue derrotado se disfrazó de nazareno y pidió con grandes cirios y plegarias que Nicaragua le volviera a creer. ¡Aquel trueno vestido de Nazareno! La ingenua, olvidadiza tierra de Rubén Darío le creyó, y ahí tiene su calvario.

Ecuador también ha sido azotado por el virus devorador de constituciones y va a tener Correa, y correazos, para largo. Pero Honduras halló la vacuna, y claro toda hipodérmica duele y provoca sus refunfuños, pero con el tiempo se agradece, y sé que con el tiempo se le agradecerá. Guatemala, El Salvador, Paraguay, y hasta Uruguay que tiene sus tosecitas y febrícolas, de ahora en adelante van a tener a mano su antídoto Tegucigalpa y mucho cuidado en caso de que la bacteria mute, porque eso sí, los virus políticos son de una gran ductilidad.

sábado, 21 de noviembre de 2009

DOS MÁS DOS, SON 75


Esto es un homenaje a la grandeza. Para soportar casi siete años de cárcel, y en medio de ello inventar la belleza, hay que ser grande. No hay espacio para la ruindad en estos hombres. Por eso creí en ellos. Por eso creo en ellos. Regis Iglesia Ramírez y Ricardo González Alfonso están presos porque no sólo quisieron fabricar la hermosura en la poesía sino también en la vida. Quisieron enseñarle a un pueblo cómo se es libre y cómo se conquista y ejerce la libertad.


Regis Iglesia Ramírez. Miembro del Movimiento Cristiano Liberación y del ejecutivo del Comité Ciudadano Gestor Proyecto Varela en La Habana. 


Fue condenado a 18 años de prisión cuando la Primavera Negra del 2003, junto a 74 disidentes y periodistas, y desde entonces cumple la injusta pena.


LA DECISION


Como el sol últimamente llega de mala gana.
Como la luna ya ni pasa por aquí.
Porque cada minuto sigue siendo innecesariamente estéril
frente a tu retrato hemipléjico, ciego, insonoro...
Porque estos pulmones se ahogan y tú no puedes hacer nada
cada vez que un atardecer de éstos llega ser hermoso:
Sólo quiero que no te olvides cerrar la puerta, cuando salgas.


FLORECILLA


Florecilla silvestre que creces, junto al lado izquierdo de mi pecho.
Te envío volando mi verso, mariposas, tomeguines, el rocío y cantos de la campiña.
¡Ay, necesitan mis pasos de ese aroma fresco y suave!
Susurro a la luna esta tonada de amor.
Venga pronto, hijita, deme el sol que la nostalgia se prolonga.
Mi esplendor tú, alba nueva de los días.
Tú el oro, el sándalo del alma mía.
Llega el solsticio, llega plagiando los colores de tu sonrisa.
Una gran sombrilla azul y siete cintas de luz, ahora se funden en la llovizna de Dios.
Pienso en tí, y soy feliz, silvestre florecilla de mi pecho.




Ricardo González Alfonso. Periodista independiente. Fue condenado a 20 años de prisión cuando la Primavera Negra del 2003, junto a 74 disidentes y periodistas, y desde entonces cumple la injusta pena.





FICHA


Dieron la orden.
Hurgaron ojal
a hoja
en mi árbol ideológico
desde Adán a mi silueta.


Dieron la orden.
El fígaro en su afán
rozó mi raciocinio
para despojarme de ilusiones
y cabellos.


Dieron la orden.
En un cementerio de papel
con mortajas de tinta
sepultaron mis huellas.


Dieron la orden.
Captaron mi semblante
para capturarme mejor
como en el cuento del lobo.


Dieron la orden.
Me asignaron una cifra
para descifrarme
en esa ecuación
donde uno es ninguno.

Dieron la orden
desde siempre:
durante dos décadas
recluirme.
Dieron la orden.
Estoy sin libertad.
Mas soy libre.


CROQUIS


De Ártico al Antártico
Cuatro pasos.
Del Poniente al Levante
dos y un suspiro.


Siempre en el norte
quince barrotes
con vocación de puerta
y un candado.

Siempre en el sur
una claraboya
enrejada
indiscreta
como una anciana soltera.


Empotrado el camastro
solitario.
El lavadero empotrado.
En un rincón del horizonte
un orificio melancólico
y un tubo cabizbajo
se disfrazaron de baño.

Y bajo un cielo de hormigón
iluminado
por un astro
de cristal
yo canto.

viernes, 20 de noviembre de 2009

SOBRE LA TELA DEL VIENTO

Tres cuadros de Froilán Escobar y uno de Margarita García Alonso



 El poeta y periodista cubano, Froilán Escobar, me ha enviado por correo desde Costa Rica algunos cuadros. No pude sustraerme a la tentación de compartirlos. La belleza ha de esparcirse como una lluvia purificadora. He aquí que se los presento. Tómenles el pulso que pronto habrá exposición.
Este cuadro es el de Margarita García Alonso



CANTAR DE LA SABANA




                                   AGUAS TERRITORIALES



















Atardece. Brama el mar.
Brilla el aguají en lo hondo.
El sol se zambulle a fondo
cual si qusiera pescar.
Viene la luna, a rielar
pone un trillo de hojalata
sobre el agua. Se desata
la brisa. La piel se alivia.
La noche se instala tibia
sobre la frágil fragata.


¿Qué fragata? Seis bidones
soldados a las cabillas
son el casco. Pontones
de náufragas ilusiones
verdugas de las raíces,
manjares de escualos grises
que entre Cuba y la Florida
nos han trazado en la vida
un mapa de cicatrices.


El sol es la arboladura.
La intemperie, el camarote.
El sextante es el azote
de la sal. La quemadura
de la espalda, la futura
bitácora del Capitán.
¿Qué historias les contarán
a sus nietos? El Vellocino,
¿será escapar de un destino
que les impuso Satán?


Brama el mar. Hay miedo. Son
argonautas del delirio.
¿Escapan de qué martirio
que les pudre el corazón?
Van al pairo. La razón
se les nubla. Reman fuerte.
Les hacen guiños a la muerte,
la seducen, la enamoran
y en la travesía devoran
su última ración de suerte.

DEJAME QUE TE CUENTE



              







LA MULTA
Por Manuel Vazquez Portal

Los vientos de cuaresma le volaron el sombrero. Auguró que era de mala suerte. Pero no se apresuró. A su edad los presagios lo alarmaban poco. Vio el sombrero revoloteando en el aire como una mariposa mal herida que tropezaba con el suelo y luego echaba de nuevo a volar para entonces chocar contra una columna y luego contra una pared y, al fin, quedar atrapado entre el contén de la acera y un poste del alumbrado público.


Pacheco sonrió. Estaba persuadido de que algo detendría aquel vuelo caprichoso o de lo contrario se habría conformado con quedarse sin el sombrero. Ya no eran los tiempos en que perdía la calma frente a los inconvenientes. Demasiados tropezones da un ser humano antes de llegar a la vejez como para, a esas alturas de la vida, andar con apremios. Cuando estuvo seguro de que el viento no jugaría a verlo perseguir el sombrero como un niño que persigue una libélula, caminó sin premura.


El viento le batió el pelo canoso y quiso cegarlo con una columna de polvo que levantó de la calle reseca. Las hojas caídas del almendrón de la esquina flotaron en remolino a la altura de sus rodillas para caer más tarde en un planeo de reposo final. Unos pedazos de periódico, impulsados como por una fuerza interior propia, fueron a enredarse entre los tallos del Ítamo real que crecía junto a las verjas oxidadas de un jardín. Un nido de rigurosa y frágil arquitectura, cayó de un limonero y esparció por la acera las trizas de unos cascarones de huevos cenicientos. Una muchacha de pelo ensortijado permitía que su falda se levantara y mostrara impúdica el nacimiento de unas nalgas de potranca indómita. Pacheco entrecerró los párpados hasta convertir su mirada en una mínima rendija por donde el polvo no cabía y siguió su acompasado, lento andar hacia el sombrero.


Desde una casa cercana le llegó el punteo de un laud y la voz de un poeta repentista que improvisaba versos sobre el inicio de la primavera, y tuvo la sensación de repetirse en algún lugar del recuerdo. Su hijo más pequeño masticaba moroso la cena del domingo y su mujer le sacaba, con unas planchas calentadas con carbón, lisuras a un uniforme colegial que alejaría otra vez al muchacho de su amparo y sus regaños. Sintió que los ojos se le humedecían y quiso pensar que era el polvo y los vientos de cuaresma, pero allí estaban de nuevo su hijo masticando sin deseos como alejando la partida con cada bocado, y su mujer depositando en una maleta fabricada de madera los uniformes y algunas golosinas arrancadas a la pobreza para que el muchacho pasara lo mejor posible la próxima quincena.


Como de un manotazo en la memoria, Pacheco, espantó las viejas visiones y continuó su lento andar hacia el sombrero atascado entre el contén y el poste. Lo había visto salir disparado de su cabeza, elevarse casi hasta la altura de los cables eléctricos, contorsionarse en el aire, aletear agonizante como un pájaro alcanzado por un disparo y ya se había adaptado a la idea de que perdería el sombrero cuando lo vio caer exánime y atorarse allí donde ahora esperaba que lo rescatara.


Sombrero de pobre no viaja muy lejos. Pensó Pacheco y creyó ver cierta analogía entre el vuelo del sombrero y su propia vida. Después de cincuenta años de volteretas, tropiezos, entregas, pasiones, incertidumbre, allá iba él con una jaba en la que transportaba algunos ajíes, tomates, cebollas, macitos de culantro y ajos desgranados para venderlos en una esquina del pueblo que lo vio pasar de miliciano jubiloso, responsable del partido con una misión importante, obrero de vanguardia que sacrificó la familia por un sueño y de repente, como el sombrero, se hallaba varado, a sus casi ochenta años, entre el deseo de dejarse morir arrellanado en un taburete mirando las nubes a lo lejos o salir a conquistar unos pesos que le aumentaran la pensión casi simbólica.


Dio unos pasos más y antes de, con una mano apoyada sobre el poste, agacharse para recuperar el sombrero, creyó que el gesto se parecía mucho al día en que le estrechó la mano al hijo y aprobó su decisión de marcharse y le deseó lo mejor. Había sido como desenredar los sueños. Su hijo también se sentía atrapado. Y él percibió como un alivio cuando le dijo que lo apoyaba y que contara con él para lo que fuera y desembragó el freno que significaba para el hijo el respeto a sus viejos ideales.


Inclinó más el cuerpo. Hizo presión con la mano apoyada en el poste. Un resoplido como de bestia cansada escapó de sus pulmones y creyó que las rodillas no lo sostendrían pero de un tirón alzó el sombrero y se incorporó también de un tirón. Su respiración era entonces entrecortada, las piernas le temblaban un poco y el sombrero tenía una pequeña mancha de lodo en una de sus alas pero Pacheco estaba satisfecho.


Antes de continuar la marcha, sacó de la jaba un trozo de periódico, lo estrujó entre sus manos para hacerlo más suave, y lo frotó contra el ala del sombrero para limpiar la mancha de fango. Lo consiguió a medias. El lodo había penetrado entre las hendijas del tejido y no pudo lograr que la mancha desapareciera totalmente. Pensó en fregarlo cuando volviera a casa. Se lo encasquetó hasta el fondo. Lo sintió rozándoles, molestándole sobre las orejas pero no quería que los vientos de cuaresma se lo volvieran a volar. Echó a andar.


De su casa hacia el centro del pueblo la calle es una pendiente. Antes de que hicieran el acueducto, un torrente de aguas cristalinas se deslizaba sobre el lecho, verde de musgos, de una zanja que corría paralela a la calle y Pacheco recordó como los niños del barrio dejaban caer barquitos de papel que nunca se sabía adónde iban a carenar y tuvo la fantasía de que su hijo navegaba aún en uno de aquellos barquitos de papel que había depositado en la zanja.


Se dio cuenta entonces de que iba a vender ajíes y cebollas por pura dignidad, cuando no por soberbia machista, pero siempre pensó que un hombre es más hombre cuando es capaz de solventar sus necesidades con sus esfuerzos propios, y en la vejez nadie lo iba a hacer cambiar de idea, por mucho que la inmoralidad en el país llegara al cuello


Llegó frente a la vieja pizzería del pueblo y en un muro bajo que colindaba con una gasolinera se sentó a esperar por los clientes. El viento trató otra vez de arrebatarle el sombrero pero esta vez su ruda, enorme mano de campesino curtido en la labranza, cayó rápida sobre su cabeza y evitó que el aire se saliera con la suya. Fue una segunda señal, un segundo presagio, pero volvió a pasarlo por alto, no era hombre de andar creyendo en premoniciones después de tanto marxismo escuchado en los círculos de estudio del partido.


--Pacheco, otra vez vendiendo sin licencia—dijo el policía.

--¿Qué quiere, que me muera de hambre?

--¿Su hijo no le manda para vivir decentemente?

--Ese es asunto mío y de mi hijo.

--¿Sí?

--Sí.

--Pues te voy a poner una multa por zoquete.

--Ese sí es asunto suyo.


El policía extrajo un talonario, pidió a Pacheco su carnet de indentidad y garrapateó por un rato. Luego extendió un papel al viejo, le dijo que la mercancía estaba decomisada y que se marchara del lugar.


--Hoy por lo menos vas comer con buen sazón—dijo Pacheco después de guardar el papel en un bolsillo e incorporarse para irse.

--¿Usted me está acusando de ladrón?

--No, hombre, no. Soy solidario, yo sé lo difícil que está la situación—recalcó el viejo y partió sin mirar atrás.


Los vientos de cuaresma no volvieron a molestarlo. O él no se dio cuentas. Los árboles seguían con su lluvia de hojas muertas, el polvo seguía levantándose en remolinos, el calor seguía sofocando a los caminantes. Pacheco llegó a su casa. Tiró el sombrero sobre un sillón. Saco la multa del bolsillo. La leyó por primera vez. Era de ochocientos pesos. Sonrió. Más de un semestre de pensión. Pensó. Su mujer vino desde la cocina.


--¿Y eso tan temprano de vuelta?


Pacheco le entendió la multa. Luego dijo:


--Eso lo resuelve el muchacho.


La mujer miro hacia un portarretratos donde un adolescente vestido de camisa clara y corbata oscura sonreía a la intemporalidad sobre un búcaro con flores, mientras por la mirada de Pacheco se perdía un barquito de papel echado por un niño en la zanja de aguas cristalinas que se deslizaba sobre el verde musgo del recuerdo.


CANTAR DE LA SABANA






COLIBRI





Mínimo galanteador
susurra en la oreja fina
de la humilde clavellina
mínima canción de amor.
Trémula luz, prendedor
en la blusa de una hortensia,
grácil y fugaz presencia
que se marcha tal cual vino,
placer suave, repentino
que se posa en la conciencia.


Mínimo galanteador
susurra en la oreja fina
de la humilde clavellina
mínima canción de amor.
Vuelo que es más bien temblor
asomado a la amapola,
frágil vampiro que asola
el polen en el pistilo,
bailarín de ágil estilo
danzando en una corola.

OTRO CANTAR









SERVENTECIOS

















Un niño hacia el crepúsculo se asoma
con dulce candidez, ojo reciente.
Un niño por la tarde no se toma
en serio las auroras ni la muerte.


Un niño es una estrella en la maroma
que le tiende la vida puente a puente,
un amor que se escapa del idioma
y se expresa en ternura que no miente.


Un niño es germinar de todo aroma
que tiene por espada solo diente,
de escudo una sonrisa que es paloma
y orina hacia la calle indiferente.

jueves, 19 de noviembre de 2009

OTRO CANTAR







LA ESPERA Y LOS NAUFRAGIOS















Pesa la angustia mucho.
Deploro ese morral de basaltos abyectos
que pone zancadillas a la dicha
y doblega de sombra a las miradas.
La tristeza es un mal que padecen los necios.
Después del llanto hondo quedan los ojos limpios
para saber que el mundo se estrena en cada otoño.
No es eterno el otoño, las hojas se renuevan.
Fui hecho de candores que malgasté en la ruta
intentando saber si era el camino
o yo me lo inventaba.
Lloró mi ingenuidad y lloraron mis gónodas.
Aprendí que la vía era una luz
sin dueño y sin confines.
Quien se quedó atascado en uno de sus haces
creyó haber atrapado el último destello.
Era la misma noria, el círculo infinito
la sierpe fabricada de mirlos y crepúsculos
que me brindaba besos de miel adulterada.
Anduve sin pensar si era adelante
pero estuve consciente que crecía
No he llegado.
Sigo marchando estoico y germinal,
semilla agazapada en la fisura de una roca
que espera por la tierra
para darle raíces a sus albores.
Los emblemas me son indiferentes
sus borlas, su entorchado,
el relumbrón letal de las alturas.
Más alto habrá otro muro que me invite a saltarlo,
quizás, que lo derribe,
no voy a lamentarlo ni no lo consiguiera
porque de todo intento se nutre mi estatura.
Aplaudo cada vez que llueve en mi jardín
y las yerbas arpegian su creciente rapsodia de verdores.
Aplaudo cada vez que un anciano saluda
que otra aurora lo acoja en sus relumbres
y vence las fatales artritis del recuerdo.
Aplaudo cada vez que empina el sueño un niño
--cual frágil papalote desafiando los cierzos--
sin saber que el cordel lo maneja otra mano
pero nada le importa
porque se sabe dueño de un reloj que es muy joven.
Pesa la angustia mucho.
Por eso lanzo piedras contra las aflicciones,
guijarros que me lleven donde habita el anhelo.
Me alivia sonreir cuando la nieve, la muchacha tardía
que ya no se aguardaba, el tifón,
los amigos que parten, la mancha en los espejos
la espera y los naufragios.