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sábado, 7 de agosto de 2010

Mi pueblo, nuestro pueblo (II)

Nadie tiene un pueblo. Los pueblos no pueden poseerse. A lo sumo, pertenecemos a un pueblo, somos parte de él. Enseñemos a nuestros líderes a olvidar la posesividad y a entender, por una vez de todas, lo que es el sentido de pertenencia. Los líderes necesitan de los pueblos. Ovejas que marchen al son de su caramillo hechizante. Mansos hombres y mujeres laboriosos que vuelquen el terruño para hacer de la semilla flor. Son los pueblos quienes los eligen y quienes lo erigen sobre sus propios cogotes.
Por eso, aquellos que pretenden el liderazgo burilan una imagen de aureola insospechada. Y normalmente esa imagen la crean a partir de cánones atípicos que tienen más de histriones de coreografías quiméricas que de seres humanos normales. Crean un ideal hierático e inmaculado tan distante del ser común que apabulla y embelesa.
Los pueblos, hartos de realidades crudas, de días angustiosos, de historias truculentas buscan en la idealidad sus soluciones. Y entonces la promisión de los eternos salvadores viene a solventar una necesidad utópica que hasta tanto no se derrumba, el hombre....pobre...¡pobre!
No Vuelve los ojos,
como cuando por sobre el hombro
nos llama una palmada…
Cuando los pueblos sean más realistas sabrán que la vida de una nación no es una novela rosa con un heroico galán apuesto y seductor. Cuando Cristo llegó eran muy pocos sus prosélitos. Fue necesario la cruz, la corona de espina para que lo creyeran. Sin embargo hoy se cuentan por millones sus seguidores. Quizás por eso pretenden mostrárnoslo con esa hermosura y beatitud.
Quizás el poeta argentino Jorge Luis Borges fue quien me diera la primera señal de alerta cuando escribió:
La negra barba pende sobre el pecho.
El rostro no es el rostro de las láminas.
Es áspero y judío.
Ahora, en este mismo instante, cuando:
¿De qué puede servirme que aquel hombre
haya sufrido, si yo sufro ahora?  no creo en salvadores, poses, ni discursos. Y repito que cuando los pueblos sepan que no necesitan líderes comprenderán realmente qué significa la democracia, la libertad y el poder.

viernes, 6 de agosto de 2010

Mi pueblo, nuestro pueblo

El día que los pueblos sepan que no necesitan líderes comprenderán realmente qué significa la democracia, la libertad, el poder. El día que los pueblos comprendan que son los líderes quienes requieren de los pueblos sabrán elegir con más prudencia, sagacidad y rigor, y sabrán también deponer al elegido con la urgencia a que convoca la cura del envanecimiento.
El pueblo es el poder. Lo líderes lo saben y por eso buscan su respaldo. Los pueblos han de aprender a quienes dan su respaldo. Los líderes deben aprender a consultar con sus pueblos antes de hablar en nombre de ellos.
Nadie tiene un pueblo. Es el pueblo quien tiene miembros a los cuales puede elegir para que administren su poder, pero eso no significa que el poder sea del designado.
El elegido es simplemente un ente con vocación de servicio y eso no le otorga otro poder que el de servir.
Las catástrofes sociales se producen precisamente cuando los líderes traicionan su vocación de servicio y pretenden poner a los pueblos a su servicio.

lunes, 2 de agosto de 2010

Dijo el general


La misma retórica. Precisa. Sin discusión. Elaborada con las antiquísimas palabras del mejor totalitarismo. El discurso pronunciado por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, en el Quinto Período Ordinario de Sesiones de la VII legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el Palacio de Convenciones, el 1de agosto del 2010, no deja margen a errores. Se mantiene la postura de “Conmigo o Muerte”. Quienes creían en la posibilidad de reformas que flexibilizaran el férreo control político de la gerontocracia verde olivo han recibido la misma respuesta de siempre: “Varias agencias de prensa y autotitulados "analistas" del tema Cuba, dedicaron durante los días previos y posteriores al acto por el 26 de julio innumerables noticias y artículos en los que, tergiversando nuestra realidad, anticipaban con estridencia el anuncio de supuestas reformas en nuestro sistema económico y social y la aplicación de recetas capitalistas para encauzar la economía; algunos incluso se atrevieron a describir la existencia de una lucha entre tendencias en la Dirección de la Revolución y todos coinciden en reclamarnos cambios más rápidos y más profundos en la línea de desmontar el socialismo” dijo el general.
Pero no es el asunto de las reformas, que de antemano yo sabía no se producirán sino con la extinción de los dinosaurios y el fin de la era glacial en que Cuba se mantiene, lo que hace meditar. Es la manera en que enfoca Raúl Castro el asunto de los presos políticos. Dijo el general: Debo referirme a otro tema de actualidad. Por decisión soberana y en estricto apego a nuestras leyes, en los últimos días se completó la excarcelación y salida del país de los primeros 21 reclusos contrarrevolucionarios, de los 53 sancionados en el 2003 por delitos contra la seguridad del Estado. Transparente. Los liberados no deben agradecer a Orlando Zapata Tamayo, ni a las Damas de Blanco, ni a Guillermo Fariñas su excarcelación. Lo liberados no deben agradecer al gobierno español ni a la iglesia católica y a su cardenal la liberación, fue una decisión de gobierno en un acto de “generosidad”. Bonito. Los liberados no son presos políticos, son contrarrevolucionarios que atentaron contra la seguridad del Estado. Los liberados salieron del país, no se les desterró bajo presión.
Y para que nadie lo dude, el hecho de liberar a estos 53 opositores no significa que no se encarcelará a otros y que las draconianas leyes que les permite encarcelar por divergencias políticas se mantendrán. Dijo el general “…no resulta ocioso reiterar que no habrá impunidad para los enemigos de la Patria, para quienes intenten poner en peligro nuestra independencia.
Nadie se llame a engaño. La defensa de nuestras sagradas conquistas, de nuestras calles y plazas, seguirá siendo el primer deber de los revolucionarios a quienes no podemos privar de ese derecho. Es decir, una vez concluido el trámite de poner lejos de Cuba a los 53 presos que Amnistía Internacional reconoce como presos políticos, y con ello satisfacer los reclamos de las Damas de Blanco que durante más de siete años han marchado por estas liberaciones, se acaba el juego en el que involucraron a Miguel Angel Moratinos y al cardenal Jaime Ortega Alamino, y comenzará una nueva era en que los presos serán otros y otros los supuestos negociadores y así per secula seculorum, porque los hombre mueren pero los Castro son inmortales.

Heredad

No sé por qué republico este poema hoy. No podría explicarlo. Tampoco me interesa mucho explicarlo. Lo republico y basta.

Ayer era la risa
y era
la grácil placidez hacia la nada,
el intrépido paso hacia una cumbre
que una vez tramontada se trocó vacuidad.

Era el andar de prisa
y era
invulnerable anhelo hasta los cirros altos,
los castillos del aire
sin culpas ni heredades.

Ayer era.

El retorno, espejismo,
de aquella placidez hacia la nada,
del intrépido paso,
de la altura falaz.

Los castillos no estaban pero sobran las culpas.

Unas piedras de entonces han recobrado el brillo
y alcanzan su esplendor tan sólo en la memoria.

La historia -odalisca mañosa- se torna un laberinto
con sendas bifurcadas, púas para sortear, gemas
que nunca fueron pero el recuerdo inventa.

Ayer es hoy la nada.

No es el triunfo poción contra los tiempos idos
ni el revés desgarrón que eternamente duela.

El dragón despiadado del instante
lanza fuegos
y no se puede huir sino a las llamas.

Mañana es siempre pétalo que llega.
Sin regreso se nace como única heredad.

sábado, 31 de julio de 2010

Dos poemas celulares

Para mis amigos del grupo de los 75, que aún permanecen encarcelados



















Se cierra el universo


La tarde en una celda
se parece a la muerte.
Es difusa,
             incontable,
como si en ella fuera un cúmulo de adioses.

Todo se va,
                 se esfuma.
Es un barco fantasma que se aleja,
un mirlo que enmudece,
una muchacha antigua que cierra su abanico,
un anciano en silencio que se marcha del parque,
la fontana agotada que deja de verter.

Cuando llega el crepúsculo
hay un abrazo ausente
y se marchita un beso,
una mujer suspira,
un niño se estremece.

Si contemplo la tarde,
separada de mí por los barrotes,
como de un golpe rudo,
en mis ojos,
se cierra el universo.



Quizás otra leyenda



Mi celda
no es más amplia que un sarcófago
pero afuera la noche,
-ya inmensa sin Yolanda-
de hermosa, me desvela;
nadie puede enjaularla.

No han podido matarme
y me sepultan vivo:
un cadáver incómodo que canta.

La cárcel,
sucedáneo del cadalso,
le sirve a los verdugos
para la treta atroz
de simular
que son harto benevolentes.

Mi corazón,
majada fruta,
-¡lo he prodigado tanto!-
no muere
ni se asusta,
palpita suavemente
-decoro proverbial de tanta sístole-
exhala su perfume entre las rejas
y avisa
a cada enamorado,
cada ciudad ruinosa,
cada enfermo de miedo,
que talado
resucito y les doy
quizás otra leyenda.

miércoles, 28 de julio de 2010












Aguas densas


Es notoria la uña que escarda el corazón.

Presumo que el amor
anda distante
y temo la infección del vertedero
donde tantos rencores se apacentan.

Huyo de los silbidos
agrios de los insultos,
parto de cada gesto que sonsaque a los monstruos.

Voy nadando tenaz
en estas aguas densas,
rescato del silencio unas flores marchitas,
las como sin aliño
y ofrezco a mi mujer un lirio reinventado.

El miedo es un ciempiés
que muerde las cien fibras frágiles de la sangre.
Las máscaras escupen su horror
sólo a escondidas
y los muertos caminan soñándose mozuelos.

En tanta morbidez pasta el silencio,
se ceba la ceguera.

Yo rescato mi voz de los escombros
e intento descifrar lo que todos sabemos.


De joven parecía

De joven parecía
que esa artritis fatal de la nostalgia
no rondaría mis huesos,
que en mi barba iracunda,
mitológica,
jamás se posaría el hedor del fracaso.

Fui Tenorio y bribón,
Romeo pasajero, corsario de los vinos.
Vacié a la madrugada sus misterios
deshice los abrazos sin piedad.

Me dijeron
que era rector de los enigmas
y que sólo de luz
se fabricaba la morada del hombre.

Mi inocencia aplaudió
los frágiles milagros del desastre
y crecí como un necio con los ojos cerrados.

No vi engordar las sombras.

Fijé versos de amor
en la prosa feroz de los guerreros,
decapité una rosa
que en la blanda maceta de sus manos
me diera una muchacha
y me hice vengador
de afrentas que a mi rostro no le pertenecían.

No me eximan de andrajos,
yo también soy culpable.


Con un dulce sabor

Un tulipán de doble filo
reposa en tu mirada.

Quisieras acogerme
pero es mucha la sombra, mucha la incertidumbre.

Tu mundo se divide,
se agrietan los senderos,
hay un peligro atroz en las pisadas.

Escorpiones de odio inoculan la furia,
de las hendijas brota
un turbio olor de cólera.

No hay a dónde saltar
sino al averno.

Sobre la cuerda floja
nos miramos
con el dulce sabor del plácido cinismo.



La hora de los fantasmas

Los trenes están muertos y muertas las farolas.
No hay quien mida la música
de tantos empellones
ni el tamaño sutil de las caídas.

Las ventanas son ojos abiertos a la nada
y una muchacha espera
que otro pañuelo triste
diga adiós desde el puerto escondido en las fugas.

Contra la tarde roja
anuncia el campanario
que se ha muerto la luz,
que es hora de fantasmas:
un plato boca abajo es un sombrero lúgubre,
un sueño tonsurado
es un falito feble sembrado en una esquina.

Llevo entonces
mi torpe corazón a solazarse
en las tristes callejas de una ciudad podrida.


Las brújulas erráticas

Traigo un sinsonte muerto sobre el hombro,
quiero escribir
y lloro.

No encontraréis aquí la placidez del lago,
la luna en el columpio
el aroma perfecto del naranjal en flor
las excusas galantes de un truhán de salones.

En las tardes sombrías en que no fuimos niños,
en que nos despojaron de fábulas y parques,
en las que dispusieron
que seríamos
adorables guerreros del futuro,
adiestraron sin pausa mi joven corazón.

Estoy hecho de azares incompletos,
de brújulas erráticas,
de auroras y discursos que no se cumplirán.

Vago entre los cadáveres de un tiempo que se escapa,
soy
testigo excepcional del cataclismo.

Estos versos no son sino mi sangre
a la cual saco música
a pesar de los gritos de un país que se muere.

miércoles, 21 de julio de 2010

Pecho’e mulo en Madrid

Hoy tuve otra buena noticia. Me la trajo la prensa española. Arturo Pérez de Alejo, expatriado pero libre, y junto a su familia. Así dice una información de Terrra:
Arturo Pérez de Alejo y sus familiares han sido hospedados en un hotel de la localidad madrileña de Alcorcón, el mismo al que llegarán los disidentes que son esperados en los próximos días, y que, según las fuentes, ofrece mejores instalaciones que el hostal en el que fueron albergados los disidentes que llegaron la semana pasada, que recibió críticas por sus mediocres condiciones.
Por ello repito la crónica que hace algún tiempo publiqué:

Loma arriba los sueños

Arturo Pérez de Alejo se asomó al balcón del Escambray y descubrió que el mundo no era como se lo habían pintado.
Se sintió estafado.
Quizás furioso.
Y aunque Moraima le palmeaba el hombro con amor, sintió que en su ancho pecho de hombre fraguado en las labranzas comenzó a tronar un pedrerío de avalancha.
Montañés de piernas andariegas y corazón acostumbrado a las cumbres se dio cuenta de que la isla se hundía. Temerario como un arriero quiso evitar el desbarranque.
Era el año 1980. Miró su título de topógrafo, hojeó su carnet del Partido Comunista de Cuba, recordó su lanzacohetes BM-12 con el que recorrió la tierra angolana y comprendió que sus méritos valdrían muy poco después de la decisión que tomaría.
Era entonces director de la empresa provincial de viveros y floricultura, y cuando lo llamaron para que participara en los progroms que la policía política cubana preparaba contra gente sencilla que sólo quería marcharse del país, Arturo Pérez de Alejo, con toda la terquedad con que se ganó su sobrenombre de Pecho e' mulo, dijo que eso no le parecía heroico, sino bajo y cobarde, y que con él no podían contar para esa mierda.
En 1994 integró las organizaciones disidentes radicadas en Ciudad de La Habana, pero se dio cuenta de que su espacio estaba en las montañas, junto a la gente que amaba y conocía, y entones fundó la organización independiente de derechos humanos Escambray, que se extendió por la cadena de montañas del centro del país, incluyendo las provincias de Cienfuegos y Sancti Spíritus, y puso a correr a la policía política en esa región emblemática para la historia de Cuba.
La Primavera Negra de 2003 lo sorprendió loma arriba hacia los sueños y ni con los 20 años de cárcel a que lo condenaron han logrado que Pecho e’ mulo, ceda una pulgada en su amor y terquedad porque Cuba un día deje de ser un árbol carcomido por el comején de los Castro.

Dos poemas de Rolando Jorge

Anima


Boussingólt malquiere
se arrastra en nombre
de su jefe sobre riel;
ontológico mete tiempo:
Uno se siente nervioso
al ver tanto ser

Boussingólt
se arrastra
en nombre
de su jefe
sobre riel;
documento
ontológico
se siente nervioso
al ver tanto ser

Boussingólt
en nombre de acostarse con su jefe sobre riel-
                 Monseñor
Poule. Fiel
a los desperdicios
resiste a irse.
Los desperdicios
resisten a irse
con aquél
óntico ser
(Uno se siente nervioso al ver
tanto ser-ahí grandazo en papel...).
Incomestible
ázoe de soga de jarcia.
Intraducible
agua de lluvia, gracia
de mañana de 2011.



Suben arriba

se entera carretera no es carretera
si no pozo
plátano corredor
bebe
arrasca
símbolo y precipitación
de tanque encima
(pozo, mecha de agua)
ejército no es pena ni vale
aclara
mascar toda la noche bajo camello
palmera
oficial
en oreja de arena mira quien viene
será lawrence de arabia con los turcos
mencionados
por texto
del beril
sus cartografías presentan
interés
inclinación tal
base de arenga
aeroplanos
anticuados
todo el mundo
troba camellos
hace frío
se refiere
a
bramido
de pan
sabe lo que hace
sacas
sostiene
(atajo a la plata,
magistrado esclavo)
Maburak
riega su cuerpo
alabado sea Dios
hombres de harp
muñequean echan pulsos
lujo privado
se irá
reverberancia
muy dulce
horda consiste sobre todo noticias
y dá lo mismo la banda cocuyo.

            Cipango
Canales sintácticos, papel de vida eterna, desnudos
hasta el pecho; carne de camarera, pies de campana
y un hotel con colgadizos
y fango en los vitrales.

martes, 20 de julio de 2010

El día que reencontre a Villa

                                                Capitulo 3  
                                        (Escrito sin permiso)


Qué bueno es tener café. Instantáneo. Frío. Es cierto. Pero café. Yolanda me trajo un paquete. Tuvo que trasvasarlo a un envase plástico. Aquí no dejan entrar nada de metal ni de cristal, con imaginación y tiempo pueden convertirse en armas. Lo saboreo, lo degusto despacito. Raciones pequeñas. Debe durarme hasta la próxima visita. Tres meses. A Yenima no le gusta el café. La he invitado. Pero inmediatamente lo rechaza. A Antonio Villarreal sí le gusta. Lo hago por la mañana y le mando una porción. Después que vierto el líquido en un pomito plástico, por medio de un hilo, lo hago descender hasta la celda de abajo. El preso que la ocupa se encarga de hacérselo llegar. Villareal grita de contento cuando lo recibe. Yo oigo sus alabanzas a los colonos franceses que lo introdujeron en Cuba cuando aquel jaleo de la Revolución Haitiana. Villarreal también es de Morón. No lo había vuelto a ver desde la adolescencia, cuando el soñaba ser pelotero y yo escritor. Se mudó para Villa Clara y por allá fundó su familia. Más de treinta años sin reencontrarnos. Lo reconocí al segundo día de que llegáramos. Aquel gordito me era tan desconocido como Normando Hernández o Próspero Gainza, tan extraño como Nelson Aguiar o Juan Carlos Herrera. Mi único conocido era Edel García. Pero cuando Villarreal se quitó los espejuelos y vi sus ojos grandes y saltones, me acordé enseguida. “¡Coño! Tu eres Villa, el sobrino de la profesora de música, la que vivía frente a los bomberos, en la calle Narciso López, en Morón.” Y ahí mismo comenzaron los recuerdos, las leyendas, las exageraciones. Morón se transformó, de repente, en la capital del mundo. Aparecieron novias comunes, amigos comunes, paisajes comunes. El gallo de Morón cantó para nosotros ese día hasta quedarse ronco. Nadamos en la Laguna de la Leche. Paseamos por la calle Martí. Fuimos al cabaret Salón Rojo. Nos emborrachamos en los carnavales. Corrimos despavoridos cuando Juana, la loca, empezó a dispararnos botellas llenas de orina. Reconstruímos la fuente del parque Echevarría. Volvimos a la glorieta del Parque Agramonte. Soportamos las peroratas históricas del Dr. Benito Llanes. Vimos al enano Lorenzo tocando una conga en sus sartenes.
Después que le hago llegar el café a Villarreal, me dedico a leer. No hay mejor manera de dejar que el tiempo corra. A las 11 de la mañana me sacan al patio. Las ventanas de Normando, Juan Carlos, Villarreal y Próspero, dan al patio. Me paso esa hora conversando, a gritos, con ellos. Normando ocupa la celda 2 del piso alto; Villarreal, la 10, de los bajos, Próspero, la 14, del alto; Juan Carlos, la 36, de los bajos, y todas se asoman al Este. Mi ventana mira al Oeste. Lo único que veo cuando oteo por ella es un cerro pelón, una elevada torre de comunicaciones y la danza eterna de las ratas que pululan en el penal.
Tras el almuerzo Boniatico cae en una modorra evanescente. Los reclusos se han hartado con el sancocho que les sirven y duermen una siesta que se prolonga hasta media tarde. Los guardianes también se adormilan. Es el momento propicio para escribir sin ser visto, sin ser molestado. Sólo Yemina me observa de soslayo. En el pretil ha comido y defecado a sus anchas. Parece reposar. Pero no aparta sus ojillos redondos, brillantes de mí. Parece alelada. Cualquiera que la viera, diría que me adora, que está perdida de amor por mí. Yo sé que ante cualquier movimiento brusco mío saldrá como una exhalación. Me mantengo sentado en el suelo, frente a la litera. Escribo despaciosamente. Si tengo que cambiar de posición para aliviar las nalgas que se entumecen por la dureza de tan inusual asiento, lo hago parsimoniosamente, como en cámara lenta para no sobresaltarla. Me complace que permanezca ahí, callada, tranquila, como una musa de la soledad y la pobreza.
Cuando voy a esconder los manuscritos sí me muevo con rudeza para que se vaya. Ni a Yenima le permito que conozca mis escondrijos. La confianza es peligrosa. Aquí más. En las requisas sorpresivas no buscan papeles. Buscan armas, ganzúas, dinero, drogas. Pero si encuentran un papel que les parezca comprometedor, culpable, cargan con él también. No puedo admitirme el desliz. Mis manuscritos son mis únicas armas contra tanta injusticia y hostilidad cometida contra mí. Voy a convertirles estas páginas en un estruendo esplendoroso.

“¿Qué hago?” Me preguntó Yolanda cuando en la visita le expliqué dónde hallar el diario.

“Entrégalo a la prensa”

“¿Estás loco?”

“Haz lo que te digo

Se acerca el guardián. Nuestra conversación, en voz baja, se le hizo sospechosa. Abrazo a mi hijo Gabriel para disimular. El me acaricia el rostro sin barba. Nunca me había visto afeitado.

“Te ves distinto. Más flaco. Más blanco.” Me dice Gabriel.

El guardián carraspea. Se ajusta la gorra. Vuelve sobre sus pasos. Se sienta otra vez en el umbral de la puerta de entrada.

“Pueden tomar represalias.” Me dice Yolanda.

“No me importa. Ellos debían suponer que no me iba a quedar callado.”

Tairelsy me mira con hondura. Es la persona que más me conoce y me comprende. Entre mi hija y yo siempre ha existido una comunicación muy estrecha. Sabe que cuando decido algo lo he meditado antes con calma, con mesura. Toma una de las manos de Yolanda entre las suyas. Parece animarla con los ojos. En silencio le agradezco ese gesto a mi hija.
Yenima escapa entre los barrotes. Camuflo mis papeles. Los presos despiertan. El penal se anima. Escucho los golpes del bastón del ciego Norges Cervantes sonando rumbo a mi celda. Grito su nombre para que se oriente. Llega a mi celda. Le brindo del café que hice por la mañana. Me lo agradece con una sonrisa y frases de elogio. Acomodo la voz en su tono más alegre para devolverle sus lisonjas. No tengo otro modo. Si le sonrío simplemente, como acostumbro en esos trances, no se daría cuenta. Enciende un tabaco. Veo sus ojos muertos. Son un cristal artificial. No tienen el brillo que pone el alma en la mirada. Guardo silencio. El habla atropelladamente como si tuviera muchas cosas que contarme y no le diera tiempo.

“¡Norges! Se oye el grito del carcelero. Ya terminaron de limpiarle su celda.

“Mañana hablamos” Me dice. Oigo como se aleja sonando su bastón.

Treinta cuclillas.
Cuarenta abdominales.
Sesenta plancha.
Sudo.
Pudiera hacer ejercicios en el patio. Pero si gasto el tiempo en acrobacias no podría hablar con mis compañeros. Prefiero la celda para la ejercitación física. Luego un buen baño, si hay agua, si no, un baño a medias con el agua que acopio por la mañana en el cubo, plástico, por supuesto, que me trajo Yolanda. Me preparo la cena. Leche en polvo con chocolate instantáneo, que me trajo Yolanda; galletas de sal, que me trajo Yolanda; queso blanco, que me trajo Yolanda. Después a esperar la noche. La noche honda, silenciosa, larga. Hoy, al amanecer, escribí un poema que medio compuse ayer mirando la noche:

Mi celda
no es más amplia que un sarcófago
pero afuera la noche,
-ya inmensa sin Yolanda-
de hermosa, me desvela;
nadie puede enjaularla.
No han podido matarme
y me sepultan vivo:
un cadáver incómodo que canta.

La cárcel,
sucedáneo del cadalso,
le sirve a los verdugos
para la treta atroz
de simular
que son harto benevolentes.

Mi corazón,
majada fruta,
-¡lo he prodigado tanto!-
no muere
ni se asusta,
palpita suavemente
-decoro proverbial de tanta sístole-
exhala su perfume entre las rejas
y avisa
a cada enamorado,
cada ciudad ruinosa
cada enfermo de miedo,
que talado
resucito y les doy
quizás
otra leyenda.

Matutino del preso

Cuando escribí estas décimas mi amigo Antonio Villarreal y yo estábamos en la cárcel de Boniato. Entonces se las copié a mano y se las envié a su celda, dedicadas a él. Hoy lo vi enredado en la maraña oscura de unos recuerdos horripilantes, mostrando su camisa, esa que conocemos de siete años de lucha por su liberación, y no pude más que volvérselas a dedicar.            
                    
         Para Antonio Villarreal, por Morón


Luna de la madrugada
que me punza las pupilas,
candil del cielo y en filas
las estrellas. La alborada
demora. Una bocanada
de mi cigarrillo inhalo.
Espero. Ya se ve el halo
de luz que por el levante
me indica que es el instante
de empezar un día malo.


Me levanto. Hay una queja
de mis huesos. En mi cara
crece la barba. Se para
un oficial en mi reja:
es el “recuento”. Se aleja.
Voy al retrete. Me lavo.
Leo la Biblia y alabo
a Dios. De pie desayuno.
No estoy solo. No soy uno,
empiezo donde me acabo.