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martes, 17 de julio de 2012

La bailarina española no existió


Ese título no existe en la obra poética de José Martí. Los versos que recrean las ondulaciones del cuerpo, los taconeos sobre el tablado de la soberbia gallega y la rosa en la provocadora boca de Agustina Otero Iglesias, sólo llevan sobre los octosílabos geniales un número diez a la manera romana, es decir, X.

Versos Sencillos, ese libro que el pueblo cubano recita de memoria desde la más temprana infancia y que parece una cédula de identidad, fue escrito -diría el propio poeta- "como jugando" y por ello se pregunta en su prólogo: ”¿Por qué se publica esta sencillez, escrita como jugando, y no mis encrespados Versos Libres, mis endecasílabos hirsutos, nacidos de grandes miedos, o de grandes esperanzas, o de indómito amor a la libertad, o de amor doloroso a la hermosura", pero ninguno de los poemas que lo integra tiene titulo algunos, solamente los números.

Sin embargo, no es únicamente el X el poema que ha sido arbitrariamente titulado; al número IX (nueve), se le llama, La niña de Guatemala; al XXXIX (treinta y nueve), Le dicen La Rosa Blanca, y otros más, como, Yo soy un hombre sincero, al número I (uno).

Pero no es sobre este delirio de renombrarle a Martí sus poemas que quisiera escribir sino sobre quién era esa bellísima bailarina gallega que el poeta se negó a aceptar que lo fuera y la calificara de "divina".

Martí encontró a Agustina Otero Iglesias, quien más tarde se nombró Carolina Otero, pero que fue más conocida como La Bella Otero, una noche de invierno en un teatro de Nueva York donde ella actuó en más de una ocasión, y él pudo entrar porque, dice el poema, no estaba la bandera española.

El siglo XIX fue prolijo en cortesanas deslumbrantes -lo que hoy llamaríamos en Cuba jineteras despampanantes. El París de por entonces, en particular, era la capital donde rutilaban las más hermosas, libres y osadas hembras de la Belle Epoque.

En la Ciudad Luz se codearon Cora Pearl, la fogosa pelirroja que convirtió la procacidad y el desparpajo en su santo y seña; la bellísima Liane De Pugy, quien vaciaba bolsas muy rentables por sólo dejarse ver mientras se bañaba y era masajeada por sus sirvientas; la aristocrática Cleo de Merode, quien arribó a Paris como bailarina de ballet clásico, y resultó una de las cortesanas más codiciadas de la ciudad; Emilianne de Alencon, una bisexual radiante que -según la describen- era dueña de perversidades como para competir con el Marqués de Sade.

Entre esa miríada de hermosuras que vivía de la más refinada prostitución y cuyos protectores eran los hombres más adinerados del orbe, comerciantes multimillonarios, afamados artistas, grandes políticos, príncipes y reyes, se encontraba una mujer por quien muchos hombres se suicidaron o se hicieron matar: Carolina Otero, La Bailarina Española.

Su nombre verdadero era Agustina Otero Iglesias, y había nacido el 4 de noviembre de 1868 en un pueblito pobrísimo de Pontevedra, España.

Hija de madre soltera y violada a los diez años, partió de la aldea con una compañía de cómicos portugueses que pasó por la localidad.

En Barcelona se hizo amante de un banquero que la promocionó como bailarina, y con él se fue a Marsella y después a París, donde, a los veinticuatro años, decidió cambiar su nombre, demasiado vulgar, por el de Carolina, y dio comienzo a su leyenda.

Carolina no solo se dedicaba a la danza, también podía actuar en el teatro y hasta cantar, al punto de que llegó a representar el protagónico de la ópera Carmen, de Bizet.

En la cúspide de su fama poseía su templo en el Folies Bergere de París. Visitó Nueva York, Europa, Argentina, Rusia y Cuba, entre otros países.

Como bailarina creó un estilo en el que se mezclaban el flamenco y el fandango con otras danzas exóticas, y danzaba envuelta en gasas transparentes bordadas con pedrería que insinuaban sus armoniosas formas.

Fue la primera artista española que logró fama internacional y a los treinta años amasaba una de las fortunas más importantes de su tiempo.

Cuentan que sirvió de inspiración a grandes artistas de su época ya que tenía medidas perfectas de busto, cintura y caderas; es decir, 97-53-92, y desplegaba una sensualidad de serpiente adiestrada.

Se dice que el célebre arquitecto francés Charles Delmas modeló las cúpulas del hotel Carlton, de Cannes, alucinado por la extraña forma de sus senos.

Hay quienes afirman que reunió un tesoro en joyas costosísimas, y uno de sus amantes, el Zar de Rusia Nicolás II, le entregaba en cada uno de sus encuentros una joya de la corona de su país, en tanto, un banquero alemán le obsequió un collar que había pertenecido a la reina María Antonieta.

Según el cotejo de algunas nóminas se la llegado a la conclusión de que entre sus incontables amantes estuvieron Guillermo II de Alemania, Nicolás II de Rusia, Leopoldo de Bélgica, Alfonso III de España y el político Aristíde Brian, con quien Carolina sostuvo una relación hasta que él murió.

También fue amante de Cornelius Vanderbilt, uno de los más grandes multimillonarios norteamericanos de todos los tiempos y el poeta italiano Gabrielle D'Annunzio le escribía versos, y De Dion, célebre propietario de una firma automovilística, le regaló el último modelo de su coche.

Carolina envejeció, y la afición que siempre había sentido por los casinos devino patológica. Comenzó a vender todas sus propiedades hasta que se arruinó. Se dice que dejó sobre los tapetes rojos una fortuna de cuarenta millones de francos oro.

Terminó instalándose en una habitación alquilada en un edificio insignificante de Niza, donde apenas tenía los muebles indispensables para sobrevivir. Se dice que su familia gallega le ofreció ayuda, pero ella la rechazó.

Carolina Otero tuvo una larga vida, murió el 10 de abril de 1965.

A grandes saltos, y sin tener en cuenta cientos de relatos, y las propias memorias de la Bella Otero, aquí está la historia, vida y muerte de la mujer que deslumbró a José Martí, en una gélida noche neoyorkina, y que le arrancó uno de los más intensos poemas que se halle en su obra.

           X


El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.

Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.

Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.

Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiese un sombrero!

Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora:
Y como nieve la oreja.

Preludian, bajan la luz
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.

Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.

Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.

Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.

Súbito de un salto arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.

El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca:
Lentamente taconea.

Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro...

Baila muy bien la española;
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca a su rincón
El alma trémula y sola!

sábado, 14 de julio de 2012

La que no murió de amor


María García Granados no murió de amor. Lo ocurrido con ella indica que se suicidó. Versiones de la época señalan que padecía, como Margarita Gautier -la dama de las camelias- de tuberculosis, y no era, por entonces, esta una enfermedad que permitiera adentrarse en las aguas frías de un río: (Se entró de tarde en el río / La sacó muerta el doctor)

Un poema anterior al IX de Versos Sencillos, hace sospechar que José Martí conocía el padecimiento de la joven y lo escribió para consolarla y halagarla.

"Terrestre enfermo, que a sus solas llora
El furor de los hombres, la extrañeza
De su comercio brusco, y su odiadora
Feral naturaleza,--
Siento una luz que me parece estrella,
Oigo una voz que suena a melodía,
Y alzarse miro a una gentil doncella,
Tan púdica, tan bella
Que se llama --¡María!".

Ello ocurre por los meses finales de 1877, poco antes de que Martí partiera para México, donde el 20 de diciembre se casaría con Carmen Zayas Bazán, y el poema IX de Versos Sencillos -conocido como La Niña de Guatemala- se publicó muchos años después, en 1891.

El 26 de marzo de 1877 había arribado Martí a Guatemala, procedente de México. Porfirio Díaz había establecido una dictadura militar y ello provocó que Martí abandonara la tierra azteca.

Es en junio de ese mismo año que el poeta cubano conocería a María García Granados en La Academia de Niñas de Centro América, cuando fue invitado a impartir lecciones de redacción y composición.

María era hija del general Miguel García Granados, un patriota guatemalteco que contaba con una ilustre y numerosa familia.

El patriota y pedagogo cubano, José María Izaguirre, uno de los insignes bayameses que se uniera a Carlos Manuel de Céspedes, exiliado en Guatemala, tras diez años de guerra que concluyeran con El pacto del Zanjón, y donde el gobierno de José Rufino Barrios le dio oportunidad de instruir a la juventud, fue quien presentó al joven José Martí a la sociedad guatemalteca, entre la que se distinguía la familia García Granados.

Es el propio José María Izaguirre quien, para que hoy tengamos una idea de cómo lucía María García Granados, nos la describió con detalles precisos y lenguaje elegante: “Entre las hijas del General había una llamada María, que se distinguía de sus hermanas como la rosa se distingue de las otras flores. Era alta, esbelta y airosa: su cabello negro como el ébano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro, sin ser soberanamente bello, era dulce y simpático; sus ojos profundamente negros y melancólicos, velados por pestañas largas y crespas, revelaban una exquisita sensibilidad. Su voz era apacible y armoniosa, y sus maneras tan afables, que no era posible tratarla sin amarla. Tocaba el piano admirablemente, y cuando su mano resbalaba con cierto abandono por el teclado sabía sacar de él notas que parecían salir de su alma y que pasaban a impresionar el alma de sus oyentes”.

Para cuando José Martí escribió Versos Sencillos, ya su matrimonio con Carmen Zayas Bazán andaba a tropezones y quizás aquel amor de juventud frustrado por la palabra empeñada, vino a su memoria con los matices de la idealización: “Era su frente ¡la frente / Que más he amado en mi vida!”

Sin embargo, el requiebro escrito por María García Granado, casi una semana después de que el regresara de México, ya junto a Carmen, sobre quien escribiría: Es tan bella mi Carmen, es tan bella /que si el cielo la atmósfera vacía /dejase, de su luz dice una estrella / que en el alma de Carmen la hallaría.” parece desdecir lo afirmado por Martí, dice María en su esquela:

"Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán. Te suplico que vengas pronto, Tu niña."

Es entonces José María Izaguirre quien viene a explicarnos, como testigo presencial, lo que realmente sucedía. Asegura Izaguirre que María “Tenía veinte años de edad, y hasta entonces había permanecido insensible a los tiros del amor. Su familia era su encanto y a ella consagraba los tiernos afectos de su corazón. Sin embargo, desde que Martí frecuentaba la casa, se notó en ella cierta tristeza que nadie se explicaba, así como el silencio en que se encerraba delante de l. Era evidente que algo pasaba en su interior; pero ese algo nadie se lo explicaba y quizás ella misma ignoraba la causa de lo que le pasaba.

Continúa Izaguirre: “Lo que sí sabía ella era que cuando veía a Martí experimentaba un deleite supremo y que cuando él estaba ausente su tristeza aumentaba, su ansiedad de verlo era mayor y no cesaban estos tormentos hasta que él se hallaba de nuevo en su presencia.

También para los que de modo abyecto, retorcido, piensan que Martí se aprovechó de la intensa pasión que María García Granado sentía por él, el propio Izaguirre aclara: “Este sentimiento, desconocido para ella, fue creciendo de día en día hasta tomar los caracteres de una verdadera pasión, y aunque ella lo disimulaba por el recato propio de una joven educada en el amor a la honra, bien comprendió Martí lo que le pasaba. Caballero ante todo, y ligado por igual sentimiento a otra mujer a quien había jurado ser su esposo, se abstuvo de fomentar con sus galanterías o con demostraciones de afecto aquella pasión que parecía próxima a tomar las proporciones de un incendio. Su papel se limitó desde entonces a tratarla simplemente como amigo, y fue separándose poco a poco para que María comprendiese que no debía entregarse al sentimiento que la dominaba, pues por más que él reconociese sus merecimientos, como los reconocía, y que simpatizase con ella, no podría corresponder a su pasión”.

Sin embargo, la pasión, el amor desenfrenado, devino ceguera, y ante la imposibilidad de consumación tomó los rasgos del suicidio romántico y, olvidando los cuidados que debía mantener para con su enfermedad, María arrancó, muchos años después, el hondo lamento del poeta: ¡Nunca más he vuelto a ver / A la que murió de amor!

martes, 10 de julio de 2012

Coqueteando con la muerte

Los cubanos para escapar de la isla coquetean con la muerte como si fuera la muchacha amada. Usan los más riesgosos artes para subyugarla. Abordan frágiles embarcaciones que muchas veces naufragan y los conducen a los oscuros brazos del llanto. Se enmascaran en trenes de aterrizaje de algún avión que los lleva al frío beso de las parcas. Se envían como paquetes postales dentro de un huacal que apenas si les permite respirar. Intentan cruza el campo minado de la base Naval de Guantánamo donde muchos terminan desgüasados por una explosión criminal. Todo para conquistar a esa otra bella hembra que se llama libertad.


Aquí les dejo el testimonio que quienes lo han intentado por la estrecha serventía que separa a una mina de otra.


miércoles, 4 de julio de 2012

Chiste y canción


El martes 19 de junio, luego de haber leído una minireflexión de Fidel Castro sobre las cualidades de la moringa, me quedé con deseos de reir más, y apresuradamente, garrapateé un chiste con rima bajo el título de El rap de la moringa, y miren lo que ha pasado con el chascarrillo.


martes, 3 de julio de 2012

Granma en los tiempos del cólera


El Ministerio cubano de Salud Pública ha confirmado el brote de cólera en el municipio de Manzanillo, en la provincia oriental de Granma, que ha afectado a más de medio centenar de personas, al tiempo que ha admitido tres muertes de "adultos mayores".

Una nota informativa aparecida este martes en el diario Granma afirma que “En el total de pacientes atendidos, han sido identificados diferentes gérmenes, precisándose el diagnóstico del Vibrión Cholerae en 53 casos, de ellos 3 fallecidos adultos mayores, de 95, 70 y 66 años de edad, con antecedentes de enfermedades crónicas”.





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